Imponer las manos

(El retorno del hijo pródigo, Rembrandt, detalle)

VI domingo de Pascua

21 de mayo de 2017

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Lecturas: Hch 8: 5-8. 14-17 | Salmo 65 | 1 Ped 3: 15-18 | Jn 14: 15-21

“El que me ama, cumplirá mi palabra, dice el Señor; y mi Padre lo amará y vendremos a él”.

Mis amigos Shirley y Ricardo se divierten enseñándole a su perro “dame la patita”. Me gusta ver a los niños cómo se divierten con la ternura del perro al extender su mano (o llámelo como usted quiera) y posarla dulcemente sobre la mano de quien se la pide. Este sencillo acto (que estamos acostumbrados a ver en casi todos los perros domésticos) ha supuesto un paso adelante en la interacción entre el perro y los niños. Eso es lo que me parece más interesante. Los niños no piensan que el perro puede arañarles, o que huele “a perro” y se me quedará el olor. Pedirle la patita es ahora un acto de cariño siempre solicitado y recibido con una sonrisa. Ya ven, algo tan sencillo y habitual se ha convertido en un acto de amor entre el animal y sus dueños.

En el mundo animal, las expresiones de cercanía son naturales y necesarias dentro de la estructura grupal. Entre los humanos, aún mucho más, puesto que las hemos dotado de profundas connotaciones. Nada calma más a un bebé que la mano de su madre en contacto con él. Todas las religiones, culturas y sociedades usan palabras y gestos para expresarse. Las manos son una gran herramienta y ampliamente utilizada. Antropólogos, sociólogos y cualquier estudioso del ser humano siempre nos hablan de estos gestos y dichos que establecen el lenguaje grupal y el rito.

Una de mis experiencias de vida más impactantes fue colaborar con las Misioneras de la Caridad durante los años que viví en Roma, Italia. Allá conocí a Santa Teresa de Calcuta y la vi en acción. Resultaba impactante que su modo de comunicarse con los enfermos era acariciándolos. Pero no era simplemente pasar los dedos suavemente por su brazo. Era un verdadero toque, haciendo que el enfermo supiera de su presencia y cercanía. Esta fue una de sus banderas. Es conocido el lema de su campaña “Toca un leproso con tu compasión”, en la que los dos sentidos de la frase son evidentes e intencionados. Madre Teresa no dudaba en tocar, sin pensar en contagio, suciedad, sudor o enfermedad. Simplemente quería estar cerca –en todos los sentidos– del enfermo.

Santa Teresa de Calcuta decía que ella aprendió a tocar con Jesús, que también lo hacía. A la hora de leer la Sagrada Escritura, es preciso prestar atención también a este tipo de detalles. En las lecturas de este domingo vemos cómo el don del Espíritu Santo es transmitido de palabra (Jn 14:15), aún no ligado al hecho de la imposición de manos. Pero páginas después (Hch 8: 17; la primera lectura de hoy) ya queda establecida esa correlación: el gesto silencioso de imponer las manos queda asociado con el deseo e intención de transmitir el Espíritu, sea para consagrar, curar, etc.

Me parece especialmente significativo que Jesús dijo que no nos dejaría desamparados (Jn 14:18). Esta frase aparece entre el don del Espíritu y el anuncio de su marcha-quedarse. La presencia del Espíritu consuela el alma y anima la vida cotidiana; ilumina la presencia misteriosa de Jesucristo en sus discípulos y sostiene la fe. La imposición de manos, el Espíritu Santo y el amor de Dios quedan fusionado en un solo ser (el del cristiano) porque Jesús quiso juntar todo y dárnoslo.

Así este se convierte en el gesto cristiano más hermoso. Un creyente extiende su mano hacia otro y –por la acción mistérica de los sacramentos– ambos quedan conectados espiritualmente transmitiéndose la gracia, la salud, la salvación. Lo más sagrado expresado en el gesto humano más común. Así es nuestra fe. Lo cotidiano y lo divino unidos. Y nosotros como lugar teológico en el que todo sucede. Esa es la importancia de Pentecostés y por eso se va anunciando durante la mitad del tiempo pascual.

La próxima vez que ore por alguien o que le pidan oración, atrévase a romper la barrera física e imponga las manos. No consiste en tocar, sino en extender su mano hacia el otro. De este modo expresará física y visiblemente su intención hacia el otro. Estará orando por su hermano, pero no sólo con la intención y la fe, sino que todo su ser se orientará hacia el otro. Y el otro lo percibirá física y espiritualmente: comunión total. Es justo lo que Cristo predicó y lo que nuestro mundo (y nosotros mismos) necesita.

Si tiene algo que decir, cuéntemelo en palabra@americamedia.org, en Twitter @juanluiscv.

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Oración

Señor Jesús, tú que tocaste a los enfermos sin preguntarles cómo se contagiaron. Tú que tocas los corazones y las conciencias. Tú, de quien decimos que tocaste a la humanidad con tu presencia ganadora y salvadora. Tú, Señor, tócame. Y permíteme tocar espiritualmente a los que me rodean. para que mis gestos y palabras inspiren una nueva humanidad a tu estilo. Amén.

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