Sabía de lo que hablaba

(Fotografia: Pablo Garcia Saldana/Unsplash) (Fotografia: Pablo Garcia Saldana/Unsplash)

18 de febrero de 2018

Primer Domingo de Cuaresma, B

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Lecturas: Gn 9: 8-15 | Salmo 24 | 1 Pt 3: 18-22 | Mc 1: 12-15

La tentación de Jesús en el desierto es uno de los momentos cruciales de la vida de Jesús de Nazaret. Bueno, al menos para mí lo es. Podemos comentar este episodio desde todos los ángulos posibles, incidiendo en uno u otro aspecto. De hecho pasan muchas cosas en aquel momento, en las versiones de los evangelios según san Mateo (Mt 4:1-11) y según san Lucas (Lucas 4:1-13).

De todos los elementos que aparecen en la narración, podríamos destacar que al final Jesús es reconocido como Señor y los ángeles le servían (Mt 4:11; Mc 1:13). O que Jesús salió triunfante de la prueba (Mt 4:11; Lc 4:13), puesto que logró superarla y dejó a Satanás sin argumentos. O que, a pesar de todo, el malo siguió siendo malo y siguió al acecho (Lucas 4:13).

También puede ser lo relevante el modo como Jesús responde a Satanás, no cayendo en sus mentiras. O podríamos destacar cómo el demonio usa la Palabra de Dios para mentir. Y, podríamos extendernos en comentar lo fácil que es caer en la tentación de manipular la Palabra para engañar, oprimir o alienar. Hay diablos que pululan así el mundo de los religiosos y de las iglesias.

Sin embargo, en esas pocas palabras san Marcos nos relata la tentación de Jesús en el desierto. En ellas encontramos la esencia del mensaje: cuando Jesús hablaba de tentación, sabía de lo que hablaba.

Estos 40 días de ayuno en el desierto fueron para Jesús su boot camp (el campo de entrenamiento) para las verdades de la vida espiritual. Como hombre había sido “entrenado" por José y María en la casa de Nazaret, viviendo dentro de un ambiente familiar, ordenado, humilde, trabajador. Así el niño se hizo hombre.

Ahora, en el desierto, Jesús aprende una nueva realidad. Hay un enemigo camuflado de muchas cosas: éxito, poder, tradición, riqueza, aplausos, control, miedo... Este enemigo va a trabajar con constancia par detener la obra de Dios. Y, además, todos esos que te aplauden y te llaman “hermano”, te dejarán solo cuando la cosa se ponga fea, cuando no cumplas con sus expectativas. Incluso te acusarán en falso y te negarán para librar su cuello.

Así que, cuando Jesús salió de aquel triste desierto, sabía a lo que se exponía. Los ángeles le servían, sí, pero sólo en aquel momento. Eso no garantizó que tuviera ese ejército celestial a su alrededor para defenderlo y hacerle la vida fácil. De hecho, todo eso nunca más llegó.

A pesar de tal “baño de agua fría”, Jesús inicia su ministerio en Galilea anunciando las buenas noticias de parte de Dios (Mc 1:14) y creando una comunidad. Llama a hombres y mujeres de todo tiempo y lugar a que sigan confiando en la posibilidad de un mundo mejor gobernado por el amor de Dios. ¿Cómo fue Jesús capaz de esto después de haber sufrido las tentaciones del desierto?

Sólo me cabe una respuesta: lo aprendió en casa. Fueron José y María los que le inculcaron esa esperanza al niño Jesús, a pesar del pesebre, a pesar de Egipto, a pesar de la matanza de los inocentes. Tan adentro le pusieron el amor de Dios a su hijo que, ya de grande, el Nazareno confió en los demás y les transmitió su sueño convertido en misión. No se dejó nunca vencer por las tentaciones.

La familia vuelve a ser la clave. “Aun en medio de las dificultades, hoy a menudo agravadas, de la acción educativa, los padres deben formar a los hijos con confianza y valentía en los valores esenciales de la vida humana. Los hijos deben crecer en una justa libertad ante los bienes materiales, adoptando un estilo de vida sencillo y austero, convencidos de que el hombre vale más por lo que es que por lo que tiene” (Juan Pablo II, Familiaris consortio, 37).

Jesús el Cristo, hombre y Dios a la vez, llega como redentor. Lo que llamamos su propuesta de “vida cristiana” parece muy alta, muy difícil, muy utópica, pero no lo es. Jesús ofrece un plan que no está más allá de las posibilidades humanas. Es un plan divino experimentado por Él mismo en su condición de hombre. No es una teoría abstracta, sino un plan posible de llevar a cabo, ya que quien lo predicó era Dios y también hombre y sabía de lo que hablaba.

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Oración

Al hilo de la frase “Polvo eres y en polvo te convertirás” (Gn 3:19) con la que nos impusieron la ceniza, recemos a modo de oración este poema de Francisco de Quevedo (1580–1645).

Cerrar podrá mis ojos la postrera

Sombra que me llevare el blanco día,

Y podrá desatar esta alma mía

Hora, a su afán ansioso lisonjera;

Mas no de esotra parte en la ribera

Dejará la memoria, en donde ardía:

Nadar sabe mi llama el agua fría,

Y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,

Venas, que humor a tanto fuego han dado,

Médulas, que han gloriosamente ardido,

Su cuerpo dejará, no su cuidado;

Serán ceniza, mas tendrá sentido;

Polvo serán, mas polvo enamorado.

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