Enamorados con ceniza

(Fotografia: Thomas Griesbeck/Unsplash)(Fotografia: Thomas Griesbeck/Unsplash)

14 de febrero de 2018

Miércoles de Ceniza

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Lecturas: Joel 2:12-18 | Salmo 51:3-4, 5-6A, 12-13, 14, 17 | 2 Corintios 5:20-6:2 | Mateo 6:1-6, 16-18

Estos días se lamentaba un amigo mío —muy piadoso él— de la coincidencia del Miércoles de Ceniza con el Día de los Enamorados. Él, que se las prometía muy felices pensando en homenajear el amor por su esposa con una cena en un restaurante bonito, se encuentra en este 2018 con un día de ayuno y abstinencia.

Es lo que hay. Las fechas son las fechas. Parece que este se ha convertido en un asunto que “preocupa”, puesto que lo he escuchado hablar en varios espacios distintos. No faltan los comentarios en las redes sociales recordando agriamente la obligación, que casi suena a castigo. ¡Ups! Incluso la Arquidiócesis de Chicago emitió un comunicado recordando que la observancia cuaresmal está por encima de San Valentín.

Ojalá que todo este drama que le metemos al asunto signifique de verdad que queremos empezar la Cuaresma con atención. Iba a escribir “santamente”, que es lo que toca, pero no estiremos tanto el hilo. Gracias al Día de los Enamorados muchos se habrán enterado de que todavía hay un Miércoles de Ceniza. Buena coincidencia entonces porque la Cuaresma es un tiempo de amor. O, dicho de otro modo, sin amor no se entiende la Cuaresma. Quien no esté enamorado no comprenderá por qué y para qué uno se mantiene limpio, desea mejorar, se preocupa de lo que le interesa al otro, etc.

La Cuaresma es ese tiempo de preparación para algo mejor que está por llegar y, para cuando llegue, queremos estar preparados. Suena obvio, pero hay que tenerlo claro. El amor y la celebración: las dos cosas están vinculadas. De poco sirve un San Valentín al año cuando el resto de los días no se cuida la relación ni se dedica tiempo a valorar la vida de la pareja.

La Cuaresma sirve para eso y por eso se hace. Todo por amor y con amor. Además, en el amor a veces también va incluido un día de arrepentimiento. Hacer examen de conciencia, dolerse de los pecados, hacer propósito de enmienda, contrición por las ofensas cometidas… hasta llegar a pedir perdón. Eso sirve tanto para el Miércoles de Ceniza como para el Día de los Enamorados. Todas las relaciones se alimentan de amor y reconciliación: el amor a uno mismo, el amor al otro y el amor a Dios.

Quizá la gran diferencia entre el Miércoles de Ceniza y el Día de los Enamorados sea que la Cuaresma acaba en Pascua. El Día de los Enamorados en cambio suele ser un simple día de memoria romántica, que ni implica ni responsabiliza, que ni significa ni deja huella. Cuaresma para vivir eternamente frente a un día popular sellado con un osito de peluche. Ojalá que el Día de los Enamorados sirviera para comprometerse en el amor tanto como lo hace el Miércoles de Ceniza.

A la luz del show que se ha montado con la coincidencia de las dos celebraciones, se me ocurre otra reflexión: ¿será que el Miércoles de Ceniza se ha convertido en una fecha anecdótica como el Día de los Enamorados? ¿Luciremos la cruz de ceniza en nuestras frentes con la misma frivolidad que el corazoncito rojo? ¿Hemos convertido la cruz en una decoración?

Ojalá que no. Ojalá que asumamos la responsabilidad que supone tanto amar a Dios como amar a nuestro cónyuge. Ojalá que este año, por eso de que las dos fechas coinciden, ambas celebraciones se iluminen mutuamente. Así seremos capaces de saltar del amor humano de San Valentín hasta el amor divino de la Cuaresma. Del compromiso profundo de quien quiere convertirse en Cuaresma vendrá el compromiso a ser mejor cada día para su pareja y para su amor mutuo.

¿Sabe qué le digo? Me gusta que coinciden ambas fechas. Me gusta ser un enamorado con ceniza.

Aviso para mi amigo, lector habitual de esta sección La Palabra en America Magazine: Miércoles de Ceniza y Día de los Enamorados volverán a coincidir en el 2024 y el 2029. Para que no te pille de sorpresa.

Si tiene algo que compartir, cuéntemelo en palabra@americamedia.org, en Twitter @juanluiscv.

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Oración

Al hilo de la frase “Polvo eres y en polvo te convertirás” (Gn 3:19) con la que nos impondrán la ceniza, recemos a modo de oración este poema de Francisco de Quevedo (1580–1645).

 

Cerrar podrá mis ojos la postrera sombra, que me llevare el blanco día, y podrá desatar esta alma mía hora, a su afán ansioso lisonjera; mas no, de esotra parte, en la ribera, dejará la memoria en donde ardía; nadar sabe mi llama la agua fría, y perder el respeto a ley severa. Alma a quien todo un dios prisión ha sido, venas que humor a tanto fuego han dado, médulas que han gloriosamente ardido: su cuerpo dejarán, no su cuidado; serán ceniza, mas tendrán sentido. Polvo serán, mas polvo enamorado.
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