Ahora, Señor…

(Fotografia: Jaka Skrelp/Unsplash) (Fotografia: Jaka Skrelp/Unsplash) 

31 de diciembre de 2017

La Sagrada Familia

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Lecturas: Si 3:3-8, 14-17a | Salmo 127:1-2, 3, 4-5 | Col 3:12-21 | Lc 2: 22-40

Entre los muchos tesoros literarios y teológicos que contiene la Sagrada Escritura, hay cuatro himnos que llamamos cánticos evangélicos (porque son tomados del texto del Evangelio). Los leemos dentro del evangelio de la misa cuando corresponde y los utilizamos en la liturgia. Son los cánticos evangélicos: el Magníficat o Cántico de María (Lc 1:46-55), el Benedictus o Cántico de Zacarías (Lc 1:68-79), el Nunc dimittis o Cántico de Simeón (Lc 2:29-32) y el Gloria in Excelsis Deo (Lc 2:14). Incluso recitamos los tres primeros diariamente en la liturgia de las horas.

Celebramos en el mismo día el final del año y la fiesta de la Sagrada Familia. Para iluminar ambos acontecimientos, la liturgia nos propone hoy ese maravilloso momento de la presentación del Niño Jesús en el templo.

Una fiesta cargada de significado para una familia judía, la presentación se trataba de celebrar litúrgicamente la purificación de la madre después del parto (Lv 12:6-8), recuperando la gracia por ser una pecadora dando a luz a un pecador (aunque este no era el caso de María y Jesús). Terrible realidad que chirría con la imagen tierna que tenemos de una madre y un hijo nacido apenas unas semanas antes. Hoy pensamos poco en esto y tampoco lo quiero hacer hoy.

Porque lo que más cuenta, después de la acción salvadora de Cristo en la cruz y en la resurrección, es que quien nace es un hijo de Adán y de Abraham y, sobre todo, un hijo de Dios. Ser “hijos” nos hace familia, la familia de Dios. Suena bonito y sencillo, pero ser familia y tener familia no es un asunto libre de dificultades. Los padres de Jesús también tuvieron que pasar por circunstancias difíciles y dolorosas en su vida. El Niño crecía en sabiduría y en gracia de Dios (Lc 2:40), pero sufrió como cualquier otro hombre durante su vida “en este valle de lágrimas”.

Sea como sea, ser parte de una familia es el mayor regalo que Dios nos da. Sea familia de sangre, familia creada o un grupo que se juntan y se aman “como hermanos”. Dios-hecho-hombre eligió nacer en el seno de una familia y disfrutar de los avatares de la humanidad. Después inició su ministerio formando un grupo de hermanos con tanto amor que compartían todo lo que tenían (después enseñaron a otros a hacer lo mismo, Hch 4:32-35). Así fue que revolucionaron la historia de la humanidad: no con milagros y discursos, sino amándose los unos a los otros como Dios los amaba.

José y María llevan su sagrada familia completa al templo para que su hijo recién nacido se convierta (humanamente, socialmente) en hijo de Dios y de Israel. El “rescate” lo une a su pueblo, liberado de la esclavitud de Egipto. Él es el cordero para el sacrificio de la Pascua nueva y eterna. Para Jesús, esta presentación es la fusión de su destino con el destino del pueblo de Dios. Entrar en la realidad angustiosa del pecado transmitido de generación en generación. La vida del Niño Jesús cambió ese día de la presentación, porque entró a formar parte de la familia humana, mucho menos santa que la formada por María y José.

También aquel día fue un punto de inflexión para el pueblo de Israel. El viejo Simeón, un hombre justo y piadoso (Lc 2:25), cuyo corazón latía al ritmo de la esperanza de Israel, había recibido la revelación de que vería al salvador antes de morir (Lc 2:26). Él representa a todos aquellos que se mantiene fieles a Dios pase lo que pase; aquellos que se alimentan de esperanza y con ella alimentan a los demás; aquellos que ríen y sufren la vida en el nombre del Señor. Siempre me imagino que tuvo que ser alguien especialmente unido al Señor para recibir el gran regalo de ver la llegada del Mesías. ¡Y se dio cuenta! Su figura contrasta con la de todos aquellos que esperaban al Mesías, pero no le recibieron (Jn 1:11).

Las palabras de Simeón en este cántico excelso que hoy proclamamos y rezamos (mire la oración al final de este escrito), nos llenan de esperanza en la bondad del Padre. Él nos permitirá ver su gloria y su justicia reinando sobre nuestra existencia a todos los que queremos ser justos y piadosos. Entonces sí podremos morir en paz como Simeón y entregar en manos de Dios este año que se termina. Demos gracias por todos los beneficios recibidos.

Si tiene algo que decir, cuéntemelo en palabra@americamedia.org, en Twitter @juanluiscv.

Oración

Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel. Amén. (Lc 2:29-32)

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