Daños colaterales

(Fotografia: Mike Labrum/Unsplash)  (Fotografia: Mike Labrum/Unsplash)  

28 de diciembre de 2017

Fiesta de los Santo Inocentes, mártires

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Lecturas: 1 Jn 1:5-2:2 | Salmo 124: 2-3; 4-5; 7 CD-8 | Mt 2:3-18

Si es en un bombardeo, lo llamamos “efectos colaterales”; si es en una guerra, son “víctimas inocentes”; si es con un medicamento, son “efectos secundarios”; si cierra una empresa grande son “despidos indirectos”… y, si es el evangelio, son “santos inocentes”.

Tiramos bombas caiga quien caiga y le restamos importancia diciendo que son efectos colaterales, como si fuera una cosita que no merece la pena ni nombrar. Tomamos una medicina que cura una cosa y estropea cuatro, pero lo que cuenta es que nos la vendieron para curar una y lo hizo.

El caso es que todo está atado y forma una cadena. “Efecto mariposa”, le dicen, cuando queremos ponerle un nombre bonito y todo sale bien. Pero cuando algo sale mal, le damos esas definiciones malvadas que pretenden minimizar lo que sucede: todo atado y concatenado para bien y para mal. Hasta que a alguien se le ocurrió la salvajada de que “el fin justifica los medios” y nos dio argumentos filosóficos para la crueldad y la desconsideración.

No es una guerra de buenos contra malos, sino de nosotros contra ellos. Si somos nosotros los beneficiados, las víctimas no son inocentes, sino “efectos colaterales”. Si los que perdemos somos nosotros, los otros sí son asesinos.

Este doble rasero es habitual, pero no es justificable. No solemos sentirlo por mucho que suceda. Hoy es uno de los días en que sí nos duele. Porque el perseguido fue el Niño Jesús y los “efectos colaterales” fueron montones de criaturas cuyo delito fue haber nacido alrededor del otro Niño.

Nada justifica una matanza de inocentes. Resulta más repugnante aún darle una motivación: salvar el trono de un usurpador. Falta de escrúpulos el poderoso que asesina a su propio pueblo en vez de cuidarlo. Parece que no hemos aprendido nada de aquel episodio puesto que sucedió antes de Cristo y muchos “Herodes” han venido después.

Este día de los santos inocentes es un día de luto en medio de la Navidad: día de denuncia contra la clase política que justifica lo injustificable; de llanto y oración con las víctimas; y de oración por la conversión de los malos. En este día, Jesucristo pudo haber sido asesinado. Herodes quiso mantener su trono y lo consiguió, matando o sin matar al Niño. Las expectativas de Herodes eran tan pequeñas que se conformaba con ser rey de un pequeño país, incluso siendo un mal rey. Sin embargo, la aspiración del Niño Jesús era otra, mucho más grande y fructífera: trasformar el mundo y devolverle el orden. Eso es lo que estuvo en juego por la estupidez de Herodes.

Los poderosos de este mundo usan su poder para restar vidas. Los santos inocentes representan todas las aspiraciones, posibilidades y potencialidades de una sociedad. ¿Qué hubiera sido del mundo si aquellos soldados hubieran degollado al Niño Jesús? Tiemblo al pensarlo. Me niego a imaginar nuestra vida sin el sermón del monte, sin las Bienaventuranzas. No concibo la vida sin esperar la vida eterna. Dolería una historia donde no se sepa “amar al prójimo como a uno mismo”.

Día de luto y esperanza. Día de ver cómo la mano de Dios nos acompaña también en la persecución y el dolor. Día de contemplar el odio actual sin vencer. Día de rezar por los que mueren por causa de la justicia y de rezar por la conversión de los verdugos. Día para reflexionar en familia sobre el bien y el mal, sobre el egoísmo y la generosidad, sobre el presente manchado y el futuro brillante por construir: un futuro para todos, sin daños colaterales.

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Oración

Dios del cielo que se hace carne. Alma de hombre que se une a Dios. Unión hermosa de amor entre Él y yo. Abierto estoy para el misterio de la Navidad que espero con ansia. Preparado estoy para recibirte, para que habites en mí. Amén.

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