Mirar al cielo con los pies en la tierra

VII domingo de Pascua

28 de mayo de 2017

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Lecturas: Hch 1: 12-14 | Salmo 26 | 1 Ped 4: 13-16 | Jn 17: 1-11

“No los dejaré desamparados, dice el Señor; me voy, pero volveré a ustedes y entonces se alegrará su corazón”.

Claro, si comienzas a leer la Biblia con el texto de la Primera epístola de san Pedro que propone hoy la liturgia, no te vas a sentir muy animado. Eso de “Alégrense de compartir ahora los padecimientos de Cristo[…]” (1Pe 4:13). No suena de lo más prometedor cuando uno se imagina el propio futuro. Nadie desea meterse en más problemas, sino todo lo contrario. Quizás por eso suceden las actitudes que vemos y los diferentes modos de vivir la experiencia creyente.

Es decir, algunos llegan a la fe buscando la paz total, como si creer los encapsulara en un mundo maravilloso donde ni sienten ni padecen. Su oración es la del que huye en toda circunstancia y está encerrado en sí mismo para no ocuparse de los demás. Se ciegan ante la realidad sufrida del mundo.

Otros buscan “sentirse bien” sea como sea. Para ellos la oración se reduce a un estado de relajación mental donde no importa lo que pase fuera, mientras dentro no se sienta la tormenta, al menos durante esos minutos. Se evaden de la realidad temporalmente y Dios es su píldora.

Otros buscan a Dios para que les arregle los problemas. Por eso su oración es: “si Tú me das… entonces yo…”. Que primero actúe Dios, que primero me arregle la situación y después yo ya le daré algo a cambio. Dios es “mi papi” proveedor de caprichos.

Otros más son los sufridores. Los que, pase lo que pase, se acongojan con lo que sea porque creen así estar más cerca de Dios. Tengan o no problemas, no dudarán en hacer ver a todos lo mal que se sienten. Ricardo Gil (lector de esta página) me contó que un sacerdote le dijo: “Yo creo que no estoy sufriendo lo suficiente”. A esos no les importan los problemas verdaderos ni las angustias de la gente. Sólo cuenta lo que ellos sientan para ganarse el cielo. Y como es más fácil quejarse de todo que solidarizarse con el atribulado, pues eso, ¡a padecer gratis!

Les dejo como tarea identificar otros estilos de “oración-que-no-es-oración-cristiana”.

Entonces, ¿cuál es el sentido de la frase de san Pedro? ¿Que es necesario sufrir para obtener la vida eterna? ¡NO! Por mucho que durante siglos hubo quienes en la Iglesia actuaron así, eso no es cristiano1. Cuando Dios se convirtió en Dios-con-nosotros, transformó el modo en que nosotros mismos nos relacionamos con Él y entre nosotros. Al superar los conceptos de nación, bandera, idioma y proponer una fe universal capaz de enriquecer y ser vivida en cualquier cultura, la religión cambió por completo e hizo de los demás mi prójimo y mis hermanos.

Ese fue el mismísimo camino personal que realizó Jesús el Cristo durante sus años humanos en la tierra. Cuando “el otro” se convierte en familia mía (porque todos somos hijos del mismo Padre), sus gozos y esperanzas, sus tristezas y angustias2.se vuelven los de Jesús y los de los cristianos. Los padecimientos de Cristo no son sólo la cruz y los latigazos. Lo que Cristo sufrió incluye todo aquello que soporta su pueblo, cargando con nuestros sufrimientos y aguantando nuestros dolores (Is 53:4).

Pedro lo sabía bien, porque él mismo hirió a Jesús. Sin embargo, se sintió amado y elegido por Dios y su Hijo, tanto que le entregaron el Espíritu Santo para que viviera en él y pudiera trasmitírselo a otros por la oración y la imposición de manos.

Cuando san Pedro nos dice que compartamos los sufrimientos de Cristo no es para sufrir más de lo que nos toca, sino para estar en solidaridad y comunión con Aquel que no dudo en padecer con los que encontró. Jesús vivió, comió, rió, celebró y amó con ellos. Sufrir con Cristo significa también alegrarnos con Él. Significa resucitar con Él. De eso nos habla Pedro y sabía lo que decía porque fue el primer beneficiario de esa bendición. Él fue pecador, pero en vez de quedarse en la vergüenza, superó con fe, esperanza y caridad su situación. Se dejó amar por Dios y por la Iglesia y luego se dejó hacer cabeza de la nueva comunidad. Una comunidad que no huye de los dolores, sino que los cristifica.

Si tiene algo que decir, cuéntemelo en [email protected], en Twitter @juanluiscv.

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1 Si desea ver una película que expresa de modo magistral esta actitud y su ridícula inutilidad, le recomiendo “El festín de Babette” (1987), de Gabriel Axel.

2 “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del genero (sic) humano y de su historia”. (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 1).

Oración

Me alegraré en el Señor, porque Él me ha salvado. De todo corazón diré: «¿Quién como tú, Señor? A los pobres y necesitados los libras de quienes son más fuertes que ellos, de quienes los explotan.»

(Salmo 35: 9-10)

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