Cada quien es cada cual

(Fotografia: Aziz Acharki/Unsplash) (Fotografia: Aziz Acharki/Unsplash) 

17 de diciembre de 2017

Tercer domingo de Adviento

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Lecturas: Is 61: 1-2. 10-11 | Salmo: Lc 1: 46-48. 49-50. 53-54 | 1 Ts 5: 16-24 | Jn 1: 6-8. 19-28

Una de las cosas que más me han molestado en la vida es esa manía tan humana de juzgar a los demás por el promedio. Si eres español eres x porque todos los españoles son iguales; si eres negro eres x porque todos los negros son iguales, etc. Eso de medir a todos por el mismo rasero es un error muy grave porque es mentira. El racismo y la discriminación son frutos de ese miedo irracional a lo que es distinto.

Es cierto que cada grupo, cada etnia, cada estilo de sociedad, puede compartir ciertos parámetros de semejanza. Eso es lo que los constituye como grupo y les da identidad. Pero también es cierto que usamos esos rasgos generalmente para segregar. Es como ese momento del evangelio cuando Jesús pide agua a la samaritana y ella se sorprende y pregunta: “¿Cómo tú siendo judío me pides de beber a mí que soy samaritana? (Jn 4:9)”.

Sólo le faltó a Jesús decir: “Porque tengo sed”. A preguntas tontas, respuestas obvias. ¿O es que los humanos somos tan ridículos que preferimos morirnos de sed antes de pedir agua a quien no es de nuestro grupo? Me temo que la respuesta es “Sí, así de tontos somos”. Todo esto por juzgar por el promedio y con prejuicio.

La presencia del espíritu es lo que a la vez nos une a todos y nos distingue. Lo dice Isaías hoy y no deberíamos dejar de temblar. “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido” (Is 61:1). La unción nos marca, nos predispone, nos identifica. Cuando digo “yo soy ungido” debería conjugar el verbo entero: si yo soy ungido, tú eres ungido, él es ungido, todos somos ungidos.

El Espíritu del Señor ha descendido para que todos anunciemos la buena noticia a los que sufren; para vendar los corazones desgarrados; para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros, la libertad; para proclamar el año de gracia del Señor (Is 61:2).

Por desgracia nos cuesta reconocer la unción en nosotros mismos y, por consiguiente, nos cuesta reconocerla en los demás. Por eso a Juan el Bautista lo bombardean con comparaciones: que si era el mesías, que si Elías, que si otro de los profetas (Jn 1:19-22). Estas comparaciones impiden reconocer su unción peculiar y su individualidad. Por eso al final lo mataron, por no ser “uno más”, por no disolverse en “el vulgo errante, municipal y espeso” (como diría Rubén Darío).

Juan respondió siendo auténtico, siendo él mismo, incluso cuando parecía no ser mucho más que un hombre vestido con piel de camello o una mera voz que grita en el desierto (Jn 1:23). Juan fue lo que nadie quería ser y lo que Dios quiso que fuera. Lo juzgaron comparándolo con otros, pero él se mantuvo fiel a su individualidad.

Por mi ministerio, al frente de una casa de retiros, durante años me preocupó profundamente el mundo adolescente. Viendo crecer y madurar a tantos cientos de chicos y chicas, biculturales y bilingües, aprendí a sentir junto a ellos cómo iban descubriendo el mundo. ¿Cuántas veces escuchamos quejas sobre cómo los adolescentes se dejan llevar por la presión de grupo y cosas así? Después, cuando crecen, los obligamos a ello, sometiéndolos a la presión de las modas, del mercado y de las estructuras laborales. Después les tocará soportar un mundo estándar que rara vez aplaude la originalidad al menos que pueda incluirse en algún proyecto con réditos.

Hasta la Iglesia nos mete en un saco. Leía esta semana la queja de un misionero de la Amazonía peruana: “La Iglesia no es como el Starbucks, una franquicia en todas partes del mundo igual, pero me lo parece en muchas ocasiones”. ¡Ay, cuánto me ha golpeado esta frase! Esa también ha sido mi experiencia en especial trabajando con minorías culturales emigrantes en Estados Unidos.

Ojalá que la tercera luz del Adviento que hemos encendido hoy nos traiga la luz de ese Espíritu que llena nuestro espíritu. Que nos ilumine a la hora de recibir la individualidad del Otro durante esta semana.

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Oración

Padre mío y padre de cada uno, que nos creas a la vez únicos y hermanos, ayúdanos a crecer en amor y unidad, potenciando los talentos del otro y pudiendo presentar sin miedo los propios talentos. Que todo sea para tu gloria y nuestro bien. Amén.

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