Tanta Violencia

(Fotografía: Pelly Benassi/ Unsplash)   (Fotografía: Pelly Benassi/ Unsplash)   

27 domingo del Tiempo Ordinario

8 de octubre de 2017

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Lecturas: Is 5: 1-7 | Salmo 79 | Fil 4: 6-9 | Mt 21: 33-43

Supongo que estos días la prensa trae tantas malas noticias como habitualmente, pero se me hacen más que de costumbre. ¿Será que estoy más sensible con esto de la llegada del fresco del otoño y la nostalgia del verano que se fue? No sé. La cosa es que se me hace mucho más pesado últimamente leer toda esa violencia que nos acecha.

No es solamente en el periódico. También por la calle, con gente nerviosa, agresiva, que grita a la mínima, conductores que se vuelven fieras apenas cambia la luz del semáforo. Lo dicho: tanta violencia; demasiada violencia. Tampoco ayuda nuestro maltratado planeta que ha ofrecido su lado más virulento con huracanes y terremotos de especial magnitud.

“Nada nuevo bajo el sol” (Ecl 1:9), ya sé. No es el devenir de las cosas, sino mi ser interior quien es cada vez menos tolerante con la violencia gratuita que nos envuelve. “Siempre ha sido así”, me dicen. También sé eso; pero ya me cansé. No quiero más que sea así. La imposición por la fuerza debe terminarse. Otro modo de hacer las cosas es posible. Para eso vino Jesús.

Me ha entristecido leer las lecturas de este domingo; especialmente cuando la primera y el evangelio. El profeta Isaías usa la viña como ejemplo para explicar qué es el pueblo de Israel para el Señor. Aquellas gentes (y los que somos de Valladolid, también) entendían bien la metáfora de la viña porque la vid, los sarmientos y el lagar son elementos cotidianos en las zonas vitivinícolas.

No es el devenir de las cosas, sino mi ser interior quien es cada vez menos tolerante con la violencia gratuita que nos envuelve. “Siempre ha sido así”, me dicen. También sé eso; pero ya me cansé.

También conocían los cuidados y atenciones que merece la uva para ser producida y que llegue a dar buen vino. Por eso, esta imagen de Israel como la viña del Señor fue tan poderosa para ellos al escucharla y descubrir el profundo amor de Dios por su pueblo.

Mi tristeza llegó al leer el evangelio. Jesús cuenta una parábola sobre una viña en la que, en vez de cuidados, lo que más sobresale es la violencia. Hay quienes quieren apropiarse de la viña del otro sin hacer méritos; sólo con la extorsión y el asesinato.

¿Dónde queda la poética visión del salmo 79 que rezamos hoy? Dios transplanta su viña para que crezca en una tierra fecunda, regada con agua saludable y cuyos brotes serán infinitos. Ese es el proyecto, el ideal, lo deseado. A cambio, se necesita una cerca protectora y guardas armados para vigilarla de los saqueadores envidiosos alrededor.

No, no y no. Ya es tiempo de sentarnos a repensar el mundo que hacemos. ¿Recuerdan lo que decíamos la semana pasada de recapacitar? Pues eso. Es aburrido que los libros de historia siempre nos hablen de guerras, batallas y muertes. Para colmo, ahora el periódico y los noticieros están en lo mismo. ¿No hemos aprendido nada?

San Pablo nos sugiere lo siguiente: no inquietarse, sino tener esperanza y proyectarlo en la fe. La necesidad de la oración vuelve a evidenciarse no sólo porque pedimos ayuda a Dios para superar la prueba. El tiempo de oración es además uno para interiorizar, para analizar la realidad, para discernir entre lo bueno y lo malo.

Rezar no es sólo soltar palabras a Dios como quien dispara una metralleta; ni pensar que Dios va a hacernos las cosas que deberíamos hacer nosotros; ni esperar que Dios arregle todo sin que nosotros nos esforcemos. Todas estas parodias de la oración se quedan para los chistes fáciles de los que critican la espiritualidad desde la ignorancia.

La oración es tiempo de introspección. Entramos en nosotros mismos para encontrar el silencio y encontrarnos con Dios. Ahí reflexionamos sobre lo que somos y deseamos, sobre la justicia o miseria de nuestros anhelos, sobre la verdadera necesidad nuestra y de los demás. Quien de verdad busca a Dios en el silencio interior después no pedirá una frivolidad en su oración. Tampoco los que actúan con violencia intentan jamás conectarse consigo mismos ni con Dios.

San Pablo nos propone orar desde la calma, fundamentados en la presencia de Dios descubierta dentro de uno mismo. Por eso dice que, en vez de temer, nos concentremos en apreciar los que es verdadero y noble, lo justo, lo puro, lo amable, lo honroso, lo virtuoso y lo encomiable (Fil 4:8). Veremos todas esas cosas al dialogar con el Señor por mucho que afuera –en la vida, en las calles y en los noticieros– sólo veamos tristezas y tanta violencia.

Si tiene algo que decir, cuéntemelo en [email protected], en Twitter @juanluiscv.

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Oración

Dios de la paz y del amor, concédeme la tranquilidad de ánimo esta semana para descubrir el lado bueno de cada persona y situación. Amén.

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