Sin filtros, gracias; mejor con amor

(fotografía: pan xiaozhen / Unsplash)

23 domingo del Tiempo Ordinario

10 de septiembre de 2017

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Lecturas: Ez 33: 7-9 | Salmo 94 | Rom 13: 8-10 | Mt 18: 15-20

El Internet se ha llenado de frases e historias presuntamente atribuidas a sabios famosos. Lo complicado es comprobar la veracidad de las historias. Por muy bonitas que sean y muy útiles, a algunos nos gustaría saber dónde el sabio dijo lo que le atribuyen. No puede ser que la simple autoría le dé más sabiduría al mensaje.

Entre esas enseñanzas que se repiten hasta la saciedad tenemos la “fábula de los tres filtros” de Sócrates. En ella, un discípulo visita a Sócrates para contarle algo sobre alguien. Antes de permitirle hablar, Sócrates le pide a su interlocutor que le aplique tres filtros a eso que va a decir: los filtros de la verdad, la bondad y la necesidad. Dice Sócrates: “¿Ya examinaste cuidadosamente si lo que me quieres decir es verdadero en todos sus puntos? ¿Lo que me quieres decir es por lo menos bueno? ¿Es necesario que me cuentes eso?” Sólo si pasa los tres filtros merece la pena contar algo sobre alguien.

El chisme y la maledicencia son realidades psicosociales que envenenan las relaciones humanas. Se pueden considerar como una enfermedad del ser humano. Todos conocemos casos de vidas, comunidades, negocios, arruinados por un rumor. Por ejemplo, están los políticos que destruyen la confianza en su contrincante al sembrar la duda sobre su honestidad. Para esto, suelen basarse en historias de “alguien dijo” y “te la cuento como me la contaron, pero yo no sé”.

Otros pierden el empleo (y su modo de manutención) por las malévolas prácticas de algún compañero de trabajo. El papa Francisco en varias ocasiones se ha referido al “terrorismo de los chismes”. “[E]l que chismorrea”, dice el Papa, “es un terrorista dentro de su propia comunidad, porque lanza una bomba contra este y contra aquel y luego se van tan tranquilo”. Una idea expuesta de modo contundente por el apóstol san Juan: “Todo el que odia a su hermano es un asesino” (1 Jn 3:15).

El núcleo esencial del Evangelio no es evitar el mal, ni contenerse de cometer pecado, sino hacer el bien y que la propia vida sea bendición. Actuamos convencidos de que así es como debemos comportarnos porque así lo dicta nuestro corazón. Más allá de la obediencia a la ley de Dios, lo que cuenta es amar. En esta línea es como podemos entender el mensaje de las Escrituras hoy.

“La enseñanza de los tres filtros” se fija en lo que uno habla del otro. ¿Eso es suficiente para construir una nueva humanidad? Yo pienso que no. Por eso el mensaje bíblico va mucho más allá e invita a la corrección fraterna. Este tema nunca es suficientemente predicado, enseñado ni asumido. ¿Por qué cuesta tanto corregir al hermano equivocado? Vamos a responder estableciendo los ejes de la corrección fraterna (según las lecturas de este domingo):

1) Corregirnos mutuamente es parte de la ley de Dios que hay que seguir y obedecer porque es su voluntad y porque nos muestra el camino a seguir (Sal 94:7-8).

2) Corregir nos implica personalmente en la vida del otro y en la colaboración en su salvación. Si no lo corrijo, se perderá (Ez 33:9).

3) Si no lo corrijo, me perderé yo también porque habré incumplido con el esencia del cristianismo: “Amar al prójimo como a uno mismo” (Mt 26:39). Por eso dice hoy Ezequiel: “Si tú, en cambio, adviertes al malvado que cambie de vida, y él no lo hace, él morirá por su pecado, pero tú salvarás tu vida” (Ez 33:9).

4) Sólo corriges de verdad a quien te importa, a quien consideras tu hermano no sólo desde la idea, sino desde el corazón. “No tengan deudas con nadie, aparte de la deuda de amor que tienen unos con otros; pues el que ama a su prójimo ya ha cumplido todo lo que la ley ordena” (Rom 13:8).

5) El que corrige no lo hace desde el poder o la superioridad, sino desde la humilde confesión del propio pecado. “Amar al prójimo como a uno mismo” implica amarle sabiendo que es pecador como lo soy yo; aceptando que se equivoca como me equivoco yo; reconociendo su necesidad de ser corregido como yo necesito ser corregido.

Así sabemos qué es la corrección fraterna. Ahora nos toca llevarla a cabo. Eso lo hace Jesús en el evangelio de hoy (Mt 18:15-20). El modo es importante, porque nos ayuda a mantenernos centrados en el bien del hermano pecador. La cosa no es que yo sea el bueno de la película y él el malo, por eso se comienza hablándole a solas. Además lo que buscamos no es destruir su fama, por eso en primera instancia no vamos con el chisme a nadie. A eso se llega después, cuando se corrige al hermano en presencia de uno o más testigos “si no te ha hecho caso” (Mt 18:16).

Como cristianos podemos seguir haciendo esto y enseñárselo a los demás. Porque sólo así prevalecerá el amor y la salvación que nos trae nuestro Señor Jesucristo. Frente a un mundo que sólo “salva” al chismoso (como la fábula atribuida a Sócrates), busquemos la salvación de todos como hace el Salvador. Por eso, la próxima vez que tenga que elegir entre murmurar y corregir, hágalo mejor con amor y sin filtros.

Si tiene algo que decir, cuéntemelo en palabra@americamedia.org, en Twitter @juanluiscv.

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Oración

Padre de todos, que nos haces hermanos. Ayúdanos a amarnos de verdad, a querernos y preocuparnos los unos por los otros como Tú haces. Amén.

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