Veremos lázaros saliendo, se lo digo yo

Resurrección de Lázaro de Vincent van Gogh

V domingo de Cuaresma

2 de abril de 2017

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Lecturas: Ez 37: 12-14 | Salmo 129 | Rm 8: 8-11 | Jn 11: 1-45

Al comentar las lecturas de hoy, san Agustín recuerda que el Señor resucita a tres muertos. Cada uno de ellos representa los tres momentos del pecado.

El primero es la resurrección de la hija del jefe de la sinagoga (Mc 5:21-24; 35-43). La niña aún estaba muerta en casa. Según san Agustín, se trata de una alegoría del pecado de intención, aquel que se desea pero no se consuma (ver Mt 5:28). La presencia de Jesús es ganadora y salvadora, por eso, aunque la niña ya está muerta, le dice: “Muchacha, a ti te digo, levántate” (Mc 5:41). De igual modo, el pecado en su primera fase es recuperable. Basta levantarse ayudado por la mano que Jesucristo nos tiende.

El segundo milagro de resurrección es sobre un joven que ya sacaban de la ciudad, seguido por el llanto desgarrado de su madre (Lc 7:11-17). Alegóricamente, sería el pecado ya cometido. Ha sucedido y su efecto dañino sobre el alma ya es evidente. Incluso los demás saben de ese pecado (representado en el cortejo fúnebre) y sólo les queda lamentarse.

Tantas veces pensamos que, ante el pecado de los demás, sólo cabe condenar, chismorrear y mandarlo al cementerio. ¡Qué necios somos al repetir una y otra vez “muerto el perro, se acabó la rabia”! No, no y no. Muerto el perro, me quedé sin perro. La rabia seguirá buscando en quien anidar. Jesús llega y hace lo que de verdad hace falta. Él es salvador y viene a limpiar el mundo de pecado dando una nueva oportunidad al pecador.

Primero se acerca a la madre y la consuela; después detiene la procesión mortuoria. ¿De qué serviría resucitar al chico si no le preparas una familia y una sociedad donde regresar? Por eso Jesús actúa primero con los que rodean al difunto; con esos que tristemente lo dejaron por imposible. Para acabar con la rabia, hay que encontrar una cura, no matar al perro.

Por eso Jesús se acerca al cadáver y dice al muerto: “Joven, a ti te digo: ¡Levántate!” (Lc 7:14). De igual modo, el pecador puede regresar a la gracia y volver a tomar el camino de santidad. Hacen falta los tres agentes: Dios que cura, el pecador que se arrepiente y la comunidad que lo acoja. Me temo que casi siempre quien nos falla es la tercera.

El último ejemplo de resurrecciones realizadas por el Señor es la de su amigo Lázaro (Jn 11:1-45). Aquí la cosa es todavía peor. Lázaro ha muerto y ha sido enterrado. Incluso dicen que ya huele porque lleva días en el sepulcro. En la alegoría agustiniana, este sería el pecado cometido acompañado del “mal olor” de la costumbre. Es pecador contumaz y habitual.

El peso de la costumbre le pesa como la piedra que cierra su tumba. Ante un alma así de dañada, hasta el mismo Jesús llora. Es lo que más nos cuesta aceptar y nos preguntamos cómo alguien pudo perderse hasta tal grado. Volvemos a mirar al tercer agente: la comunidad. Unos miran la tumba, otros se lamentan. Pero entre ellos hay alguien que aún mantiene la fe, por eso Jesús pide ver el sepulcro.

Si el muerto ya está perdido, ¿de qué sirve visitar el cementerio? Sólo si hay un alma por la que rezar, una vida espiritual que recuperar, tendrá sentido detenerse frente al lugar y orar. Jesucristo lo hizo; más hombre y más Dios que nunca. Superó la crisis de haber perdido a su amigo. Dejó de lado su propio dolor, y se aferró a la esperanza pensando en recuperar a Lázaro para la vida.

Mandó quitar la piedra (de nuevo el importante papel de la comunidad en la recuperación del pecador) y gritó: ¡Lázaro, sal fuera! (Jn 11:43). Sí, hasta el pecador más muerto y “oloroso” puede ser resucitado por la gracia de Dios.

Basta tener fe en Dios, esperanza llena de amor y caridad para olvidar lo que fue. Concentrémonos en darnos la oportunidad de que nuestro porvenir sea distinto y mejor. De nuevo, es la comunidad quien ayuda al resucitado a quitarse las vendas de la muerte (léase del pecado y del error). Los que fueron cómplices en vendarlo y enterrarlo, ahora son coprotagonistas de su recuperación.

Nos toca mirarnos al espejo para descifrar cómo y cuándo somos pecadores. Así podremos levantarnos y salir al escuchar la voz de Dios en Cuaresma. Luego necesitamos identificar cómo nos comportamos cuando un hermano cae en el pecado y así poder empezar a imitar a Jesús resucitador de pecadores. Ahí queda la tarea para esta semana (y para esta vida). Si no la hacemos, seremos huesos secos (Ez 37) y sepulcros andantes. Si la hacemos, veremos muchos lázaros saliendo. Se lo digo yo.

Si tiene algo que decir, cuéntemelo en palabra@americamedia.org, en Twitter @juanluiscv.

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Oración

Señor, me miro al espejo del alma y lloro como Tú lloraste ante la tumba de tu amigo. Lloro porque estoy ante mi sepulcro y me veo muerto y oliendo. Tiéndeme tu mano, grita sobre mí tu bendición y dame una nueva oportunidad para salir fuera y construir el Reino junto a ti. Amén.

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