Si estás ahí, manifiéstate

Cada vez que mi amiga Esperanza quiere hablar conmigo por WhatsApp, me escribe: “Si estás ahí, manifiéstate”. Aprendimos la frase viendo películas de terror cuando éramos adolescentes. Mirábamos esas películas de fantasmas violentos y crueles que se aparecían para maltratar a alguien y que—peor aún—eran llamados para que se manifestaran. ¿Por qué será que a los adolescentes les gustan esas cosas?

Bueno, no nos despistemos. El caso es que hoy, día de la Epifanía del Señor, me viene a la mente mi amiga y su frase porque la palabra epifanía significa, en griego, manifestación, aparición.

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Hoy, el Señor se manifiesta, se aparece, se hace visible. No es que no lo hubiera hecho antes, pero en este día recordamos de manera festiva ese gran acontecimiento de la presencia de Dios en nuestra vida. Los cristianos estamos muy acostumbrados a que Dios se haga presente, pero no podemos olvidar que en muchas religiones, Dios se queda en su lugar y sólo se manifiesta en la historia para castigar a los hombres. Desde luego ningún Dios ha ido tan lejos como el nuestro para hacerse uno de nosotros.

La manifestación de Dios es una de sus más grandes peculiaridades. Manifestarse es su modo de ser Dios. Él está presente. Lo había dejado claro ya desde los tiempos de preparación cuando dijo que “La virgen quedará encinta y tendrá un hijo, al que pondrán por nombre Emanuel, que significa: Dios con nosotros” (Is 7:14; Mt 1:23).

Nuestro Dios se nos acerca mientras que otros dioses se empeñan en alejarse. Nuestro Dios fue acompañado por animales, visitado por pastores y magos, y hasta vistió pañales. Otros dioses usan su avión privado o la puerta VIP para no mezclarse con el pueblo. Nuestro Dios camina apretujado por las calles frente a los que se rodean de guardaespaldas para convertirse en intocables. “Si estás ahí, manifiéstate” contrasta con “se hizo carne, y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos contemplado su gloria” (Jn 1:14). Dios tan cercano que lo podemos ver.

Recuerdo un momento especial de mi primer viaje a Israel. Fue una de esas sorpresas que te aporta el llegar a los sitios y encontrar lo que otros pensaron y sintieron antes que uno mismo. Fuimos a la basílica de la Transfiguración, en el Monte Tabor (Israel), a orar en el lugar donde los discípulos pudieron ver la gloria de Dios en Jesús. Allí se dieron cuenta de quién era ese que parecía un simple profeta o predicador. Los mosaicos allí son una preciosa catequesis visual sobre las epifanías de Jesucristo.

Como ven en la foto arriba, tres ángeles custodian cuatro momentos que son cuatro manifestaciones: el Niño en el pesebre, la tumba vacía, la Eucaristía y el cordero inmolado del Apocalipsis. Mucho más que el momento de la Transfiguración, la vida de Cristo es una continua manifestación de Aquel que nos habló “muchas veces y de muchas maneras” (Hb 1:1).

Manifestarse, hacerse presente, estar-con-los-demás es una actitud. Es un modo de ser y vivir que determina el resto de las cosas que se hacen. Dios no se quedó encerrado en su cielo, sino que nos creó y nos acompaña en el tortuoso discurrir de la historia. Nuestro Dios es así. Lo es en su gloria, lo fue en su humanidad y lo es en su caminar hoy con todos. Ese es su modelo y ejemplo. No hay alternativa posible. Sólo podemos ser como Él.

Por eso celebramos la solemnidad de la Epifanía: para celebrar quién es Él, para conmemorar que lo vimos y para recordar cómo debemos ser a fin de ser parte de su proyecto. “Pastores que huelan a oveja”, dijo el Papa Francisco en tan memorable frase. Si dice eso, es porque sabe que muchos se esconden en fortalezas y seguridades, lejos del pueblo de Dios. Es el temor de ensuciarse con la realidad. Dios-con-nosotros no dudó y por eso celebramos su Epifanía, en lugar de su escondite. ¿Qué harás tú?

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El Señor te bendiga y te proteja,

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el Señor se fije en ti y te conceda la paz. Amén.

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