Un árbol al que subirse

¿Sabía usted que los sarcófagos egipcios se hacían de madera de sicomoro? Este árbol puede vivir hasta 500 años y su madera es muy resistente y duradera. Por eso se convirtió en la materia prima para el ajuar funerario. En la religiosidad egipcia antigua se dice que hay dos sicomoros en la entrada del Cielo, que dan cobijo y frutos a los muertos. “He abrazado al sicomoro y el sicomoro me ha protegido; las puertas de la Duat me han sido abiertas” (Libro de los muertos, Capítulo 64, versículo 24).

El sicomoro abunda también en las tierras de Jericó. Es parte del paisaje del Antiguo Testamento. “El rey hizo la plata tan común en Jerusalén como las piedras, e hizo los cedros tan abundantes como los sicómoros que están en el llano” (1 Re 10: 27).

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Aunque Zaqueo no tenía ni buena fama, ni mucha espiritualidad, cuando le llegó su momento, se subió a un árbol. Y eligió un árbol que representa vida, tanto para los egipcios, como para los hebreos. El fruto del sicomoro no tiene mucho sabor, pero es muy abundante, lo que garantiza que haya algo que comer. Igual que Cristo subió al árbol de la cruz para salvarnos, así Zaqueo subió al sicomoro para salvarse. Aquel hombre rico y poderoso, jefe de publicanos, no dudó en perder la vergüenza y hacer lo que fuera por ver a Jesús.

Jesús vino a Jericó a buscar y salvar lo que se había perdido (Lc 19:10). Pero si lo perdido no desea ser encontrado, no hay mucho que se pueda hacer. Tal no fue el caso de Zaqueo. Éste se puso en posición no sólo de ver a Jesús, sino de ser visto. La puerta de la salvación que llegó a la casa de Zaqueo fue su humildad.

Había tanta gente agolpada que Zaqueo no alcanzaba a ver a Jesús. Seguro que entre la multitud había alguno que tenía deudas con aquel rico corto de estatura. Quizá algunos aprovecharon la oportunidad para no dejarlo pasar y así tener una pequeña venganza. O quizá ni se dieron cuenta de que estaba intentando ver porque era pequeño. El poderoso, acostumbrado a ser el centro de atención, se vio desbordado por la fama del predicador ambulante que traía palabra de vida eterna. De pronto, para Zaqueo, ni su nombre ni su dinero pudieron comprar un puesto en la primera fila.

Zaqueo tomó su decisión. Se tragó el orgullo y la prepotencia con la que otras veces había actuado y se subió al árbol de la vida. Allá lo encontró Jesús. Jesús no hizo juicios sobre el pasado; simplemente aceptó la nueva condición de aquel que “también es descendiente de Abraham” (Lc 19: 9) aunque no se comportaba como tal. Le dio una nueva oportunidad y Zaqueo la aceptó.

¿Y si esto de la “vida nueva” fuera así de sencillo? Basta tomar la decisión, dejar los prejuicios y subirse al árbol.

Si tiene algo que decir, cuéntemelo en [email protected], en Twitter @juanluiscv.

 

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Para tu oración personal y familiar:

Señor, tú me sondeas y me conoces; tú conoces todas mis acciones; aun de lejos te das cuenta de lo que pienso. Sabes todas mis andanzas, sabes todo lo que hago. (Salmo 139:1-3). Sabes todo lo que llevo dentro y la necesidad de soltar para ser ligero y subirme al árbol de la vida. Es difícil, pero encontraré el modo. Ayúdame a que así sea.

El salmo 139 puede acompañar el resto de su oración.

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