Jesús nos presenta un Dios para quien la muerte no tiene la última palabra

Aceptar la resurrección de la carne es mucho más que un asunto de doctrina. Habrá a quien le baste decir: “es así porque es un dogma”. Y está bien. Pero para muchos otros, la pregunta sobre la muerte y la resurrección está ligada a la pregunta más absoluta: ¿quién soy yo? El sentido de la vida sigue siendo la cuestión que atraviesa a cada ser humano que toma conciencia de sí mismo.

Todas las personas y todas las culturas se han enfrentado a estas preguntas básicas: ¿qué hay después de la muerte?, ¿en qué estado quedaremos?, después de la muerte, ¿nada? y, si hay algo, ¿cómo será? Cada religión nos ofrece su respuesta y el muestrario es amplio. La propuesta cristiana queda formulada en un dogma de fe confesado desde los principios de la Iglesia y basado en la enseñanza explícita del mismo Jesucristo.

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La resurrección de los muertos forma parte de nuestra fe. También formaba parte del judaísmo en tiempos de Jesús, aunque no todos lo incluían en su credo. Los saduceos, de hecho, la negaban. Entre los demás tampoco había una igualdad de pensamiento sobre cómo sería la vida después de la resurrección. Para muchos, resucitar era simplemente volver a la vida y volver a las cosas que se hacían antes de morir. Ahí surge la duda de los saduceos que fueron a Jesús para ver si les aclaraba el asunto.

Los fariseos respondían a los saduceos con las mejores palabras. Pero la respuesta no podía satisfacerles. Los saduceos no podían entender ni creer porque les faltaba el marco de referencia fundamental. La lógica según la cual leían las Escrituras les impedía ver el sentido de éstas. Lo expresa Jesús al decir: “¡Qué equivocados están, por no conocer las Escrituras ni el poder de Dios!” (Mt 22:29). La razón es que la resurrección se comprende desde el misterio de un Dios cercano a nosotros.

Sin esta experiencia de Dios nunca alcanzaremos a creer en la resurrección. ¿Por qué? Porque el sentido de la resurrección está en que Dios es el Dios de la vida. Como le dice Jesús a los saduceos: “¡El no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos están vivos!” (Lc 20:38).

Por lo que vemos en este pasaje, la manera en que los saduceos interpretan las Escrituras no va más allá de los datos históricos. No acceden a la verdad profunda del Dios vivo que quiere que vivamos. Las páginas de las Escrituras nos presentan su Palabra. Se trata de un diálogo, de un encuentro con un Dios creador.

La resurrección es un acontecimiento que sucederá. Todos nosotros la experimentaremos. Ese es el proyecto de Dios. Creer en la resurrección es querer y desear vivir con Dios. Tras cuestionar a Jesús, los saduceos mismos salieron cuestionados. Cada encuentro con Jesús despierta en uno la conciencia de lo que desea y no desea. Ante la pregunta desconcertada y ansiosa de los saduceos, Jesús les llevó el Dios verdadero: el Dios de vivos que se mueren… y siguen viviendo.

Si tiene algo que decir, cuéntemelo en palabra@americamedia.org, en Twitter @juanluiscv.

 

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Oración:

Señor, Dios de vida y esperanza, que vives incluso después de la muerte, que llenas la muerte de vida, que das esperanza sobre aquello que más nos asusta y aniquila. Concédeme abrir mi mente a la idea de la vida después de la muerte y mi corazón al deseo de vivir en ti hasta resucitar a la vida nueva. Y, en el proceso, acompáñame con paciencia. Amén.

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Luis Gutierrez
1 year 11 months ago
Me parece que debieramos prestar mucha mas atención a las diferencias entre las acciones de Jesús antes y después de su resurrección, pues esas diferencias son críticas para discernir su voluntad sobre cuestiones pendientes en la iglesia de hoy, tales como la ordenación de mujeres al sacerdocio sacramental. Me permito compartir esto: Apelación al Papa Francisco ~ Español http://pelicanweb.org/CCC.TOB.120.html#spanish En Cristo, Luis

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