No es suficiente que Cristo se haga presente entre nosotros en la Palabra y la Eucaristía. Hace falta que sea aceptado y pueda transformar todas las cosas.

Comenzar un año no es un asunto cualquiera. Toda la vida he celebrado a lo grande el primero de enero, lleno de felicitaciones de año nuevo, con risas y gran cena. De pronto me di cuenta de que en mi año había muchos más comienzos y que, de hecho, el 1 de enero era el menos importante de todos. En septiembre empieza el año escolar y es posiblemente el comienzo de año que más influye la marcha de nuestra sociedad. El año fiscal en octubre, pero solemos preocuparnos más de la fecha límite para pagar impuestos. Los agricultores comienzan el año dependiendo del cultivo que hagan.

También en la celebración de la fe hay un comienzo del año y esta vez, para los católicos es 27 de noviembre, primer domingo de Adviento. Para muchos será un día desapercibido, para otros será un día de oración. Pero sea como sea, empieza un año litúrgico nuevo y eso tiene su importancia.

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Cuando era niño, solía repetir en voz alta las cosas para aprenderlas de memoria. Creo que aún sigo haciéndolo cuando la cosa se pone complicada. De esa misma manera la repetición litúrgica que hacemos año tras año de los acontecimientos de la vida de Jesucristo nos ayudan no solo a aprenderlos y recordarlos, sino sobre todo a profundizar el sentido de lo que ahí pasó. Además nos sirve para actualizarlos, lo que nos permite compartir esos momentos además de la gracia que trajeron y continúan trayendo.

Una vez más, el peligro en el que podemos caer es la trivialización. Como ya nos sabemos la historia, dejamos de prestar atención. Es así que, por un lado, perdemos los detalles y, por otro, no vamos más adentro del Misterio, ni dejamos al Misterio entrar en nosotros. Eso nos ha llevado, por ejemplo, a perder mucho de la mística cristiana, reduciéndonos a un ritualismo que, aunque encomiable, no llega a penetrar nuestras entrañas. ¡Tanta gracia santificante desaprovechada por falta de implicación del creyente que la recibe!

No es suficiente que Cristo se haga presente entre nosotros en la Palabra y la Eucaristía. Hace falta que sea aceptado y pueda transformar todas las cosas.

Un ejemplo de esta pobreza espiritual en la que caminamos es la vulgaridad con la que se celebra el Adviento en muchísimas comunidades cristianas. El sentido del Adviento es preparar la venida definitiva del Señor, para la cual se deben allanar los caminos que impiden que todos gocemos de la Salvación. Lo hacemos recordando la primera venida del Señor al nacer de María en Belén. Recordar nos sirve para celebrar también. Así, anualmente nos alegramos de la decisión amorosa de Dios de encarnarse en Jesús y vivir con y como nosotros.

Desde luego este es un motivo de alegría y hacemos bien en celebrarlo. Pero conmemorar el pasado no puede ser usado como distracción para no vivir el sentido profundo del Adviento. De poco sirve recordar la encarnación de Cristo si no nos impulsa a preparar su venida gloriosa. Y por desgracia esto es lo que mas sucede. Usamos la Navidad para grandes fiestas y nos llenamos de devociones populares muy lindas, que recuerdan muy bien y en detalle los acontecimientos de Belén hace dos milenios. Ahora, ¿hasta qué punto nos inspiran éstas a transformar el mundo y preparar los caminos del Señor?

En cierto sentido, el Señor anunció esto en el Evangelio de hoy. “Como sucedió en tiempos de Noé, así sucederá también cuando regrese el Hijo del hombre” (Mt 24:37). ¡Ay! Lo anunció y seguimos empeñados en dar toda la importancia a nuestras lucecitas callejeras y a los postres típicos. No escuchamos la frase: “no saben qué día va a venir su Señor” (Mt 24:44). Jesús nos da el método: prepararse y vigilar. Ojalá que no caigamos en la tentación de mirar sólo al pasado y quedarnos dormidos en esas viejas glorias que no se repetirán.

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Oración

Ven, Señor Jesús. Ven a despertarnos. Ven a mantenernos despiertos. Ven a darnos fe, ánimo e ideas para prepararte el camino. Ven, Señor, a  nuestra vida; a la vida de todos. Amén.

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