Cristo es rey, pero a su modo; el único modo.

Siempre me ha resultado paradójico que concluyamos el año litúrgico con la celebración de Cristo Rey, mientras leemos parte de la Pasión. Sí, sí, ya sé. Sé que servir es reinar y que Él no vino a ser servido; que por su muerte nos redimió, etc. Sólo me resulta curioso que tengamos esta visión de ser rey tan alejada de los reyes de este mundo que salen en televisión.

La paradoja no es que Jesús haya elegido ser rey con estilo propio, sino que aún nos dejamos seducir por los otros modelos de realeza. Se nos llena la boca hoy con este trono de la cruz y su corona de espinas, pero buscamos todavía ocupar los primeros puestos. “Ley de vida”, lo llamaba mi abuela.

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El lenguaje analógico siempre ha sido un problema teológico. Analogía significa semejanza, en parte igual y en parte distinto. De algo conocido, pasamos a conocer algo nuevo que aún guarda cierta semejanza con lo que ya conocemos. Así aplicamos a Dios ciertos conceptos que conocemos como un modo de aproximarnos a su realidad imposible de expresar completamente. Es, por así decirlo, el lenguaje que usamos “para entendernos”.

Pero a veces terminamos reduciendo a Dios a esas categorías tan humanas y tan limitadas. Así el Corazón de Jesús hecho de yeso terminó entronizado en lo alto del armario del salón de muchas casas y Dios se transformó en un señor al que se aplacaba con sacrificios y copas de oro.

Resulta que a Dios las analogías le quedaron tan pequeñas que las despreció y, cuando se hizo hombre, vivió fuera de estas categorías en las que le habían encerrado las teologías y los afanes de poder de tantos profesionales de la religión. No se quedó quieto donde lo habíamos puesto. Dios-encarnado fue hombre con estilo propio. Así inauguró el “estilo de Jesús” que de vez en cuando encuentra un verdadero seguidor; ese que dentro de mucho llamaremos santo y mientras tanto perseguimos.

Mientras tanto hoy llamamos rey a Jesús y nos acostumbramos a la idea de que Él reina. Sí, sí, ya lo sé. Él reina de verdad. Estoy convencido de eso. Sin embargo, el verbo reinar me deja muy insatisfecho. Insisto. Mientras usemos ciertos lenguajes, ataremos el Evangelio a categorías sociales y políticas llenas de salones lujosos y mantos de armiño. La factura pagada a lo largo de los siglos ya ha sido demasiado grande. Quizá lo más sencillo sería dejar de usar la palabra rey para poder encontrarnos con el auténtico Jesucristo.

Si leemos despacio el Evangelio de la crucifixión, encontraremos toda una serie de personajes que digieren como pueden los acontecimientos. Todos ellos (menos uno), juzgando desde esas categorías que antes citaba. Por eso no lo comprendían. Los judíos lo insultaban porque no encajaba en su modelo de salvador; los romanos se mofaban de él porque no daba el tipo para ser rey. Solamente uno supo entenderlo en aquel momento. Entenderlo y ¡aceptarlo! Ese ladrón crucificado junto a Él lo entendió todo de pronto y creyó.

Los demás no fueron capaces de reconocerlo mientras hacía milagros. Sin embargo el buen ladrón lo hizo mientras colgaba en la cruz. Todos se movían libremente ante el Mesías, pero estaban bloqueados en lo verdaderamente importante. El ladrón, inmovilizado por los clavos, tuvo libre su corazón para amar a Jesús y su lengua para reconocerlo como Salvador. Quiso incorporarse al Reino abriéndose a la esperanza y se encontró con que de inmediato fue bienvenido entre los justos.

Para este rey del universo, señor de señores, hacedor de milagros, salvador, redentor, todo eso y más, no era necesario esperar. Hoy era el día. Hoy lo sigue siendo. Sin burocracias, secretarios, ni salas de espera. Porque Cristo es rey, pero a su modo; el único modo.

Si tiene algo que decir, cuéntemelo en palabra@americamedia.org, en Twitter @juanluiscv.

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Oración

Ay, Jesús, que te llamamos rey y te alejamos de los caminos y las estrecheces de la vida. Ay, Jesús, que fuiste Cristo entre nosotros hecho uno más. Ay, todo de mi vida y del universo, que nos haces uno con el Padre, contigo y el Espíritu. Dame hoy la capacidad de compartir contigo la dirección de mi vida para que yo pueda colaborar en la construcción del Reino tuyo y nuestro. Amén.

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