Y volvemos a empezar

(Fotografia: Raul Petri/Unsplash) (Fotografia: Raul Petri/Unsplash) 

3 de diciembre de 2017

Primer domingo de Adviento

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Lecturas: Is 63: 16b-17. 19b; 64, 2b-7 | Sal 79 | 1 Co 1: 3-9 | Mc 13: 33-37

En uno de mis juegos infantiles cantábamos una perorata sobre las partes del cuerpo humano que terminan con un silencio musical al llegar a los pies. De repente, seguía la letra diciendo: “… y volvemos a empezar”.

Entonces cantábamos todo de nuevo. A base de repetir, memorizamos tantas cosas: desde las tablas de multiplicar a cómo agarrar cuchillo y tenedor; desde mirar antes de cruzar a las capitales de los países del mundo.

Propuse ese ejemplo mientras dirigía una meditación a un grupo interconfesional. Luego me dijo uno: “Será las capitales de los países que había entonces; porque desde que cayó el Muro del Berlín ya no me sé los nombres de todas aquellas repúblicas”.

¡Qué gran anécdota para comenzar el Adviento! Por eso la utilizamos como ejemplo hoy. ¿Se imaginan? Yo —como el hombre con el que compartía el otro día— aprendí las capitales del mundo al principio de los años 80. Desde entonces hay 43 nuevos países en el mundo (en una lista de 201). El mundo ha cambiado geopolíticamente de modo evidente y más aún en otras cosas.

Al leer el periódico cada mañana, se habla de países que no existían cuando yo estaba en la escuela. ¿Qué me toca hacer? La respuesta lógica supongo que es estudiar. Hay un nuevo mundo y me toca estar a la par de los cambios, aprendiendo a moverme en las nuevas circunstancias. Eso hice yo y me sé las capitales del mundo del año 2017. Otros eligen quedarse en el conocimiento obsoleto de los tiempos de la escuela.

Comenzamos este Adviento con el aviso del Señor: “Jesús dijo a sus discípulos: “Velen y estén preparados, porque no saben cuándo llegará el momento” (Mc 13:33). La esperanza cristiana se viste de expectativa. No es sólo esperar que algo pase (en nuestro caso, la venida del Señor glorioso), sino estar atentos a esa llegada. Ya concluimos el año litúrgico anterior con esa tensión espiritual sobre la llegada del Reino de Dios y la necesidad de estar preparados.

¿Estamos repitiendo la misma cosa de nuevo? No. No es sólo repetir; es más bien madurar. No imaginemos la sucesión de los años litúrgicos como un círculo o como la serpiente que se muerde la cola. Es más bien una espiral en crecimiento, un torbellino que va creciendo en altura y anchura según sube. Así es nuestra vida espiritual y nuestra experiencia de Dios. Volvemos a empezar, pero no de cero.

Psicológicamente, los comienzos son siempre buenos. Las novedades nos asustan un poco porque son algo desconocido. Empezar algo nos llena de ilusión. Sucede más cuando repasamos todos los momentos de la vida de Jesucristo, de la historia de la salvación, de los aciertos y errores del pueblo de Dios y nuestra propia vida sacramental y espiritual durante el año litúrgico. Cuando comenzamos de nuevo, crecemos.

Ascendemos cuando nos ponemos en marcha. ¿Por qué estamos tan seguros de que será un ascenso? Porque reconocemos y apreciamos los dones divinos con los que Dios nos ha enriquecido (1Co 1:4). Los tenemos todos, no nos falta ninguno (1Co 1:7). Por eso esperamos la manifestación de nuestro Señor Jesucristo en el día del advenimiento donde se cumplirá completamente lo que esperamos: la unión con el Hijo (1Co 1:9).

Meditar nos ayuda a profundizar en el sentido de las cosas. La lectura de Isaías en este día es el eco de una reflexión sobre el hecho de ser bendecido, saberse bendecido y, sin embargo, alejarse y caer en el pecado hasta el punto de no temer a Dios (Is 63:17). Parece imposible, pero sucede. Por eso es preciso volver una y otra vez para asentar en nosotros los principios.

Es como construir un edificio. Los cimientos ya están puestos y, cada vez que edificamos un piso más arriba, revisamos si los fundamentos están preparados para la obra de ampliación. Se trata de involucrar la base en el proyecto de crecimiento y no sólo fijarse en lo que ya sabemos.

Por eso comenzamos otro año litúrgico, que, aún sonando conocido, trae grandes novedades y bendiciones. Con este espíritu positivo y esperanzado nos ponemos en marcha y volvemos a empezar.

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Oración

Dios que vino y que viene. Dios de Adviento y de esperanza. Dios de las nuevas oportunidades. Iniciamos este nuevo año litúrgico convencidos de que todo será mejor cuando termine. Mientras tanto, sostén nuestros esfuerzos, anima nuestras meditaciones y guía nuestros pasos. Amén.

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