Mirarán al que traspasaron

(Fotografía: Bryan Minear / Unsplash) (Fotografía: Bryan Minear / Unsplash) 

14 de Septiembre de 2017 - Exaltación de la Santa Cruz

La semana pasada se celebró la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. La liturgia de la Palabra de esa celebración comienza con un texto del libro de los Números en el que se cuenta que “en el camino, el pueblo perdió la paciencia y comenzó a hablar contra Dios y contra Moisés…” (Nm 21:4). La falta de paciencia es otra de las caras del estrés, la enfermedad de nuestro tiempo. Pero desde antiguo hemos adolecido de esa falta de paciencia que causa males y desavenencias familiares y sociales.

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Al pueblo de Israel, peregrino por el desierto hacia la Tierra Prometida, le faltó la paciencia y se revolvió contra el Señor su Dios y contra su enviado. También Moisés en unas cuantas ocasiones se muestra impaciente. Sin embargo, si alguien podría quejarse es Dios, porque ese “pueblo de dura cerviz” (Ex 32:9 y otras 16 veces más) no hacía el caso esperado.

Cuando el pueblo se impacientaba y pedía a Dios que se retirase, rápidamente empezaban problemas más grandes. Entonces volvían a Moisés a pedirle que intercediera ante el Señor para que les devolviera su protección. Así, por ejemplo, sucede en este momento que nos cuenta la lectura cuando Moisés hace una serpiente de bronce y la coloca sobre un asta para que, todos aquellos mordidos por una serpiente, la miren y queden sanados (Nm 21:8-9). Jesucristo unirá después su cruz con el sentido de ese estandarte (Jn 3:14-15).

El Viernes Santo, viernes de la Cruz, conmemoramos el hecho histórico de la crucifixión de Jesucristo y, además, conectamos con el profundo sentido espiritual de ese día, pues fue cuando de facto se produjo nuestra redención. “La muerte de Cristo es el sacrificio pascual que lleva a cabo la redención definitiva de los hombres” (CIC 613). Nuestra oración en ese día se concentra en la obra sacerdotal de Jesucristo derramando su sangre en la cruz para la remisión de nuestros pecados (Mt 26:28).

Por otro lado, la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz nos conecta con el artefacto concreto donde Cristo fue clavado. La cruz, el árbol, el instrumento de tortura… elevado (“exaltado”) con un propósito concreto: la redención. Esta celebración nos recuerda que el objeto usado para el sacrificio pascual de Jesucristo fue una cruz, famoso patíbulo que los romanos (y otros) usaron durante siglos para imponer el terror. Morir crucificado aparece como el peor de los castigos en la jurisprudencia romana (“Summa supplicia sunt crux, crematio, decollatio”, Julio Pablo, Sententiae 5, 17, 2), siendo esta pena “indigna de un ciudadano romano y de un hombre libre” (Cicerón, Pro Rabirio, 5, 16).

Sin embargo, en una cruz murió el autor de la vida. Insistimos en ello, ya que no nos quedamos en el “modo” y nos preocupamos más del “porqué”. Entre las miles y miles de cruces de la historia solamente una merece ser recordada en su exaltación. No porque fue cruz, sino porque fue por nuestra salvación. Así el modo queda opacado por el motivo. Así la recompensa queda más subrayada que el castigo merecido. Los que se quejan impacientemente de cómo Dios hace las cosas, reciben a cambio el amor, el perdón, la salvación, la redención y la vida eterna.

Dios eligió para este misterio la peor de las muertes de aquella época. Igual que antes eligió encarnarse en la pobreza, la marginación, la persecución. De este modo fue recuperando uno a uno a todos aquellos que el mundo desplaza y margina: los pequeños, los emigrantes, los refugiados, los perseguidos, los incomprendidos, los pecadores, los falsamente acusados, los asesinados. Con todos ellos se solidarizó en sus carnes. Frente al “pueblo que perdió la paciencia”, la infinita y amorosa paciencia de Dios lo hizo abajarse y hasta a la muerte y muerte de cruz (Fil 2:6-8). Aquella cruz que oprimió naciones y ejércitos, de pronto se convirtió en símbolo de la liberación total. Por eso celebramos la Exaltación de la Santa Cruz. No fue bueno matar al Salvador de tan ignominiosa manera, pero al final incluso quienes lo hicieron tuvieron —para alcanzar el perdón— que mirar al que traspasaron.

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Oración

¡Oh Cruz fiel, árbol único en nobleza!

Jamás el bosque dio mejor tributo

en hoja, en flor y en fruto.

¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol donde la Vida empieza

con un peso tan dulce en su corteza! Amén.

(San Venancio Fortunato)

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