¿Tú qué siembras?

(Fotorgrafía de Nitin Bhosale en Unsplash)

16 domingo del Tiempo Ordinario

23 de julio de 2017

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Lecturas: Sab 12: 13. 16-19 | Salmo 85 | Rom 8: 26-27 | Mt 13: 24-43

Vuelve el Evangelio de hoy a hablarnos de sembradores, semillas y frutos. El domingo pasado reflexionábamos sobre la acción de sembrar, de esparcir la semilla, de esforzarnos para que el fruto llegue a todos. Después que cada quien haga lo que pueda y quiera con lo sembrado. Desde luego, el proyecto cristiano pretende que demos fruto en abundancia (Jn 15:8), pero no es la efectividad el criterio fundamental, sino el amor.

Por eso Dios actúa con magnanimidad en todo momento, incluso cuando podría ser un juez severo e implacable. “Siendo Tú el dueño de la fuerza juzgas con misericordia y nos gobiernas con delicadeza, porque tienes el poder y lo usas cuando quieres” (Sab 12:18). La primera lectura de hoy es una magnífica lección en este respecto.

La bondad de Dios no significa que todo esté permitido. Desgraciadamente eso hemos entendido y, a lo largo de la historia hasta hoy mismo, vemos abusos y crueldades realizadas en el “nombre de Dios”. Habría que entender a qué Dios se refieren. Pero como no especifican, se camuflan bajo el nombre del único Dios. Y así nos va.

Hoy, sin embargo, Jesús se concentra en otro aspecto: la cizaña. Hay quienes deberían ser trigo y son cizaña; quienes se creen trigo y son cizaña; quienes se camuflan entre el trigo para envenenar y sacar provecho porque son cizaña. Tristemente, de todo hay en la viña del Señor: incluso de lo que no debería haber. ¡Malos cristianos, que llenan la Iglesia y corrompen la Palabra para justificar su pecado!

Es evidente que no es suficiente con denunciar. Además esta cizaña eclesiástica suele arrimarse al “poder” (y no al poder de Dios), ascendiendo con adulaciones, manoseando la vida de la comunidad. Son lobos disfrazados de ovejas (Mt 7:15). Incluso entre nosotros se han extendido las enfermedades que contaminan la vida social y política. Triste final de aquella teología que definía la Iglesia como “sociedad perfecta”.

En vez de tener todo lo que necesita para conseguir sus fines, se impregna de los pecados que destrozan las instituciones y las comunidades. Nadie se salva de esto y, por desgracia, en nuestro caso el clero es el más dañado. Pío XII expresó los valores de esta manera de entender la Iglesia en su Mystici corporis. Aquí deja claro que la dimensión jurídica de la Iglesia debe concretizar su dimensión espiritual.

La Iglesia sigue pidiendo una profunda renovación espiritual a todos. Pero la necesita también ella misma, como organización, como institución. Hay que recuperar una mística que se quedó en los libros y se perdió en el día a día. El Concilio Vaticano II reforzó esta perspectiva eclesiológica al hablar de la Iglesia como Misterio.

Mucho más que una “sociedad perfecta”, somos pueblo de Dios en marcha, que camina, vive, sufre y se alegra al ritmo del mundo, viendo entre el cielo y la tierra el misterio redentor. Nada de lo humano nos es ajeno, pero desde una perspectiva aún más profunda que la del Cremes de Terencio. Ser pueblo nos une y ser cristianos nos hermana. Nos hace palpitar con un mismo corazón, el de Cristo, y buscar que su misión sea la nuestra no sólo en la teoría de los documentos, sino en la práctica diaria de la fe.

La visión paulina de la Iglesia como cuerpo de Cristo sigue siendo la que más nos marca porque nos pone en nuestro lugar:

Primero, el punto de referencia es Cristo y el Reino es lo que cuenta. La Iglesia no es la cabeza; es un instrumento, un sacramento universal de Salvación, no la que salva. Sólo Cristo salva. Los que tienen el ombligo tan grande que se creen salvadores (no lo reconocerán, pero así actúan en la práctica) son simplemente cizaña.

Segundo, somos cuerpo de Cristo. Como tal, las estructuras pueden seguir adaptándose a las nuevas realidades. Lo único inamovible es el Evangelio creador, recreador y salvador de Jesucristo y su mandamiento doble del amor a Dios y al prójimo. Por eso estamos llamados a querernos y unirnos más.

Quien actúa más como juez que como médico tan solo es cizaña ponzoñosa. El papa Francisco lo ha repetido desde sus tiempos como cardenal: es mejor una Iglesia que salga a los caminos aunque se accidente; un pastor que huela a oveja a uno dignamente sentado en un despacho; una comunidad que se corrige que un grupo de chismosos que se despellejan.

¿Saben qué es lo más dramático de todo? Que tanto el trigo como la cizaña son frutos del mismo campo, que han crecido juntos alimentándose de la misma agua y de la misma tierra. En la Iglesia, el santo y el pecador, el piadoso y el corrupto, se alimentan de la misma Eucaristía y de la misma Palabra. Obviamente las obras que producen son diferentes.

Como somos miembros de un mismo cuerpo, no cabe en la cabeza cortar la parte enferma, sino como último recurso. No basta entonces con mutilar el cuerpo de Cristo; con expulsar a quien disiente o a quien actúa como cizaña. Eso lo hace la sociedad que se cree perfecta y que pretende mantenerse impoluta.

Nosotros somos hijos del Amor de Dios y seguimos creyendo en la conversión, en recuperar a quien está enfermo, en los milagros del Espíritu. Por eso el Papa Francisco habla tanto de los sacerdotes y de los obispos, de los que hablan lo que no deben y de los que fueron perseguidos por la Santa Madre Iglesia y hoy son recuperados para gloria de Dios como apóstoles de la caridad. Entre trigo y cizaña somos, nos movemos y existimos. Seguimos adelante en la esperanza de que un día todo será recapitulado en Cristo. Mientras tanto, ¿tú qué siembras?

Si tiene algo que decir, cuéntemelo en palabra@americamedia.org, en Twitter @juanluiscv.

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Oración

Salgo, Padre, a sembrar como tú me ordenaste. Salgo, Cristo, a sembrar lo que tú me enseñaste. Salgo, Espíritu Santo, a sembrar lo que Tú recogerás. Amén. 

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