Me convertí en luz y presencia

V domingo del Tiempo Ordinario

29 de enero de 2017

Lecturas: Is 58: 7-10 | Salmo 111 | 1 Co 2: 1-5 | Mt 5: 13-16

“Ustedes son la luz del mundo.”

Desde que en la escuela me explicaron que gracias al sol existe la vida, empecé a apreciar más y a mirar con más respeto al astro rey. Esa bola amarilla con líneas saliendo a modo de rayos era ya una constante en mis dibujos infantiles. Incluso, cuando empezamos a hacer manualidades con pequeñas teselas de colores, mis paisajes de piedras cuadradas tenían un magnífico cuadrado amarillo en lo alto. Porque en mi perspectiva infantil no había paisaje sin su sol. Luego fui creciendo y llegó el tiempo de descubrir la realidad geológica y científica del asunto. El sol dejó de ser la bola del cielo que se iba a dormir por la noche, para convertirse en la razón que posibilitaba la vida en la tierra.

No en vano, el sol ha ocupado un lugar preponderante en la historia de las religiones y de las culturas; siempre en un lugar destacado de la simbología universal. La luz es un elemento natural reconocido y apreciado por todos. De ahí que sea un buen ejemplo o metáfora para explicar otras cosas de igual o parecida importancia. Porque, de hecho, aplicamos el ejemplo de la luz a asuntos verdaderamente destacados.

Es así en la expresión religiosa de todo tiempo y lugar. También el judaísmo y, por ende, el cristianismo usan la luz como metáfora referida a Dios. Lo comprobamos al ir avanzando en la lectura del Evangelio según san Mateo durante estas semanas y en tantos otros textos bíblicos.

Este domingo, Jesús, Luz del Mundo (Jn 8:12) da un paso más en el uso del símil y, además, da un paso más en la propia teología de la humanidad. Dios, origen de la vida, sostenedor de la existencia, garantía de la eternidad, ese que es la verdadera luz que ilumina, dice que nosotros somos la luz del mundo (Mt 5:14).

Nosotros somos la luz del mundo. Lo enfatizamos. Nosotros somos la luz del mundo. ¿Hace falta que hagamos hincapié en esto? Pues quizá sí. Porque buena falta que nos hace enterarnos de la verdad. Este Dios amoroso que es nuestro Padre nos tiene en tan alta consideración, aunque no nos lo creamos ni le hagamos caso.

Ser imagen de Dios (Gn 1:26) tiene profundas repercusiones. Porque cada cosa que decimos de Dios deberíamos poder decirlo—salvadas las distancias—de nosotros mismos. ¿Estamos listos para eso? Porque eso sería lo lógico y, sin embargo, nos parece tan imposible.

Hace pocas semanas celebrábamos la Navidad. Ese gran Misterio encerrado en la pequeñez de un niño (de el Niño), es el mismo misterio de nuestra existencia. Porque somos creados a imagen de Dios, porque somos hijos en el Hijo, porque somos templos del Espíritu Santo, por todo eso somos presencia de Dios en la tierra. No somos un tenue reflejo de su inmensidad, sino total acción divina en pequeñas dosis.

Siempre escuchamos historias de una velita que se convierte en esperanza en mitad de la noche para quien está perdido y la ve a lo lejos. Eso mismo somos nosotros. Reflejo de la gran luz de Dios. Quizá nos parece que es algo sin importancia porque “poco podemos hacer”. Pero Dios lo tiene claro y dice que la vela se enciende para ser vista, para iluminar (Mt 5:15).

Nosotros hemos sido constituidos en “velas”, quizás pequeñas, pero con una capacidad y función específica. Es algo muy notable que debería comprometernos más cada día con el proyecto global de Dios. En otras palabras: Dios no “da ejemplo”, sino que “es ejemplo”. Dios es modelo y maestro, que nos marca el camino y es camino. No sólo da instrucciones, sino que se da a sí mismo en bendición. Por eso quien vea nuestra luz (por pequeña que nos parezca), verá la gloria de Dios (Mt 5:16).

A nosotros nos toca exactamente lo mismo. La invitación constante del Evangelio es a ser luz a la vez que iluminados, testigos y portadores de la gracia, perdonados y perdonadores. No importa que nos sintamos indignos o pequeños. El mismo San Pablo aceptó ser ministro del Evangelio a pesar de sus circunstancias y ellas no fueron obstáculo para su ministerio. Incluso comenta: “cuando llegué a la ciudad de ustedes para anunciarles el Evangelio, no busqué hacerlo desde la elocuencia del lenguaje o la sabiduría” (1Co 2:1) y “me presenté ante ustedes débil y temblando de miedo” (1Co 2:3).

San Pablo aceptó su naturaleza humana, pero también aceptó y honró su condición de hijo de Dios. Por eso al contarles de Cristo crucificado tuvo éxito, porque el Espíritu Santo lo usó desde quien era. Ojalá esta semana hagamos el esfuerzo de la autoaceptación de nuestra debilidad y de la aceptación de la gracia que va en nosotros por el bautismo. Tenemos tarea.

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Oración

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