Madre y maestra

Portal de Belén en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires (Wikimedia Commons)

Hoy para nosotros es el día de las madres porque es el día de la Madre. Celebramos la solemnidad de Santa María Madre de Dios. Felicidades a todas las mamás que nos leen, sea como sea que hayan adquirido ese maravilloso adjetivo (por biología, por adopción, por espiritualidad o por tener un corazón tan grande que les caben los hijos de otros vientres). Felicidades a todas las que son madres porque dan vida.

Llegamos a esta fiesta dentro del ciclo de Navidad. Lo comenzamos con la fiesta de la Encarnación, hecho fundamental del proyecto cristiano. Porque para salvarnos, Dios eligió un camino concreto: el de ser hombre como nosotros. Esta es la puerta del misterio redentor y el gran acontecimiento que marcará la pauta de lo que será la fase definitiva de la historia de la salvación. Dios hecho hombre.
 
Hoy celebramos el segundo momento de nuestra Navidad: Dios se hizo hombre en el seno de María. Ella es la gran colaboradora humana del plan divino. Es la madre por antonomasia. ¿Por qué? Porque dijo “sí” aun sabiendo que no tenía nada de lo que habitualmente se considera necesario para una gran misión. Ni fortuna, ni familia poderosa, ni posición social, ni educación, ni prestigio. Ella era casi nada. Pero puso lo poco que tuvo al servicio de Dios dando vida. Así la humilde y sencilla mujer de Nazaret se convirtió en la única cosa que podía ser: madre.
 
No hubo excusas, no hubo lógicas. Ella simplemente escuchó al ángel Gabriel y supo que eso que le pedían, sí podía ofrecerlo. Su naturaleza física y su disposición espiritual la tenían dispuesta a hacer ese favor a Dios. Por eso san Agustín dice que María concibió con la fe antes que con el vientre. En el fondo, eso es lo que hace cualquier mujer cuando recibe la vida dentro de sí misma. La maternidad de María tuvo unas implicaciones de trascendencia infinita.
 
Dios se hizo hombre en Jesús y, en cierto sentido, madre en María. Ella es el rostro humano materno de Dios. Por eso María se convierte en madre de todos nosotros también. Al pie de la cruz recibe ese nuevo regalo/mandato de Dios: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19:26). Y es entonces cuando María asume de modo completo su maternidad-al-estilo-de-Dios. De madre del Hijo a madre de todos, porque para Dios todos son hijos. 
 
María también está preparada y disponible para la misión. Para mí, el momento más profundo de la película de Mel Gibson, “La Pasión de Cristo”, fue cuando ella recogió la sangre de su hijo en el suelo del pretorio. Ella vio a Jesús flagelado y luego lo vio clavado en una cruz. María estuvo preparada para ser Madre incluso de los malos, como Dios es Padre aun de los que lo niegan. 
 
Nuestra devoción a María no siempre es bien entendida por otros cristianos. A veces resulta que somos nosotros, quienes veneramos a María, los que no expresamos bien la razón de su importancia. El caso es que el primer día del año celebramos a María como madre de Dios porque con ella empezó la parte humana del misterio. En ese espíritu queremos que comience el año nuevo. Ojalá que lo hagamos. Ojalá que el Señor nos encuentre preparados y dispuestos como la encontró a ella.
 
¡Feliz año nuevo 2017!
 
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Oración
Esta semana nuestra oración está tomada de la primera lectura de la misa dominical (Nm 6: 22-27):
El Señor te bendiga y te proteja,
ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor;
el Señor se fije en ti y te conceda la paz. Amén.
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