Había razones. Y las hay.

No quiero ni imaginarme el corazón de José al conocer la noticia del embarazo de María en el que él, su prometido, no había tenido nada que ver. Mucho podemos imaginar y decir sobre José y sus sentimientos. A lo largo de la historia, muchos autores nos han contado lo que pensó, lo que sintió, lo que imagino antes de actuar.

Yo no seré uno de esos porque lo que pasó por la mente y el corazón de José sólo él lo sabe. Eso de aventurarme a inventar no me va mucho. Cómo reaccionamos ante las noticias, acontecimientos y situaciones de la vida es parte del misterio individual de cada persona. Por eso generalmente nos valen para poco los “buenos ejemplos” con los que se empeñan en educarnos. Al fin y al cabo, yo soy yo y nada más que yo. Y si me apuran, le tomo prestada la frase a Ortega y Gasset: “yo soy yo y mis circunstancias”.

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De lo indescifrable del corazón humano no podemos decir nada. Pero leyendo el Evangelio de hoy podemos saber una cosa sobre José. Sus razones tenía cuando no quiso denunciar la aparente infidelidad de María. “No queriendo ponerla en evidencia [a María], pensó dejarla en secreto” (Mt 1:19). José tenía un motivo y actuó en consecuencia. Ese motivo no fue su propio bien, sino defender la integridad moral y física de María. Pensó en aquello incluso cuando ella parecía que se había comportado mal con él, quedando embarazada de otra relación.

¿Se entiende la reacción de José? No hace falta entender porque estamos ante el misterio profundo de un hombre y su conciencia. Solamente nos queda contemplar. Ojalá lo hagamos con la misma bondad y pureza de corazón que aquel artesano que ni acusó ni denunció, quizás imaginando que María también tenía sus razones.

La respuesta de Dios fue una aparición en un sueño. El ángel le contó a José lo que había pasado y le dio razones: “porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo”(Mt 1:20), “porque él salvará a su pueblo” (Mt 1:21). Dios tenía un plan y lo estaba desarrollando. Apenas vio la buena disposición de José, lo involucró en el proyecto. Así José se convirtió en un colaborador del Señor y no sólo en una especie de víctima colateral.

Dios no duda en dar explicaciones. Lo ha hecho a lo largo de la historia, desde que le contó a Abraham su idea. Somos nosotros los que, por nuestra dureza de corazón (parafraseando a Jesús), no somos capaces de establecer la actitud que propicie el diálogo para saber las razones. La actitud general de la humanidad es la tonta pregunta “¿por qué a mí?”, como si fuéramos injustas víctimas a quienes el fatalismo maltrata.

Nos quejamos sin plantearnos qué hacemos para que el otro no sufra por nuestras incongruencias, mal genio, desplantes. Cada vez que tratamos mal a alguien porque se cruzó en nuestro camino en un mal momento nuestro, bien podría decir “¿por qué a mí?”. Nosotros, que nos pasamos la vida ajusticiando al prójimo, andamos exigiendo respuestas y razones. Pero nunca las damos.

La respuesta de Dios en el Evangelio de este domingo se muestra dialogante, comprensiva, tolerante y misericordiosa. Dios nos hace colaboradores de su viña y, al ser parte del equipo, nos da explicaciones, razones y motivos. Nos hace copartícipe de su plan. Lo que no solemos darnos cuenta es que todosnosotros hemos recibido la invitación a ser miembros del equipo. De hecho, Dios nos da muchas veces sus razones, aunque nos cueste verlas. Hoy mismo nos dice: “Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor…” (Mt 1:22). Tantas veces que lo anunció, tantas razones que nos dio… ¿Seguiremos sordos?

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Oración

Señor, soy de los que desean escuchar, pero me cuesta. De los que desean preguntar, pero temen la respuesta. De los que quisieran ser colaboradores, pero desconfían para involucrarse. Estoy soy y esto presento. Convencido también de que por tu palabra se cumplirá en mí tu plan y podré ser, a tu lado, protagonista de la salvación. Amén.

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