'Jane the Virgin' ofrece una refrescante mirada a la sexualidad cristiana

Gina Rodriguez como Jane -- (Photo: Scott Everett White/The CW) 

En el primer episodio de Jane the Virgin—la serie popular transmitida por la cadena CW y que está ahora en su tercera temporada—la abuela de Jane le pide que arrugue una flor blanca en sus manos y que luego intente restaurarla. Tras haber aprendido la lección, Jane le promete a su abuela que permanecerá virgen hasta casarse, como una buena chica católica.

De ahí pasamos a ver a Jane en la veintena, cuando una confusión durante una cita ginecológica rutinaria resulta en una inseminación artificial accidental. La virgen dará luz a un hijo.

Más sorprendente que la maternidad virginal de Jane es su representación como una virgen comprometida en primer lugar. Aunque su madre, Xiomara, acoge un estilo de vida más permisivo, Jane escoge otro camino. Su compromiso con la castidad no se basa en miedo de su abuela, Alba, sino en un acto de confianza. Ella confía en su abuela, en su propia historia personal y en la sabiduría de la tradición. Además confía que su futura pareja aceptará y apoyará a su decisión.

Josh Sabey, quien escribe para The Federalist, articula una crítica común de la serie entre los telespectadores tradicionales quienes lamentan que la castidad de Jane es presentada como una simple decisión personal sin ninguna justificación moral explícita. Él escribe en relación con la ética sexual de los personajes: “En la serie, el compromiso personal reemplaza la creencia religiosa para que nadie tenga que sentirse mal sobre sus decisiones”.

Ese modelo de la sexualidad cristiana moderna no se ve, y mucho menos se celebra, en cualquier otro medio. 

Sin embargo, no es verdad que la creencia religiosa esté borrada de la serie. La insistencia de Alba en la castidad, muy lejos de ser un retrato estereotipado de la piedad que “avergüenza a la puta”, está basada en su propia vida. Cuando ella perdió su virginidad con su primer novio, Pablo, fue castigada por su familia y la sociedad. Cuando se casó con su gran amor, Mateo, la familia de él los repudió para prevenir que heredaran la riqueza petrolera familiar. Décadas después, cuando ya es una viuda y por fin lista a buscar el amor otra vez, Alba termina invitando a salir a un hombre que es un sacerdote. No es extraño que ella vea a cada relación como una oportunidad susceptible al escándalo. Su instinto hacia la vergüenza y la paranoia se basa no tanto en su religión como en su experiencia de vida.

Mientras tanto, la serie presenta la fe de Alba como una constante que ayuda a su familia a navegar el miedo más que causarlo. Por ejemplo, cuando Alba es hospitalizada y amenazada con la deportación en el “Capítulo 10,” tanto Xiomara como Jane rezan instintivamente las oraciones que aprendieron de ella. La serie no estará siempre de acuerdo con Alba, pero siempre la respeta y entiende. Este trato no es común con los personajes religiosos televisivos de hoy.

Aunque Jane no exprese su castidad en términos de virtud, seguramente vive su vida así. No es la católica reprimida y enojada a la cual nos tiene acostumbrado la cultura popular. Ella aprende tanto de la fe de su abuela como de la actitud acogedora de su madre y toma lo mejor de cada modelo. Jane vive una castidad que se sostiene precisamente porque es un “compromiso personal”: una decisión diaria y constante que se cultiva, evalúa y preserva intencionalmente. Ella disfruta de la intimidad romántica, lucha con la tentación, reafirma su compromiso y al fin y al cabo entra en un matrimonio gratificante y vivificante. Ese modelo de la sexualidad cristiana moderna no se ve, y mucho menos se celebra, en cualquier otro medio.

Aún así, la serie no es siempre tan pensativo, especialmente en la cuestión del aborto. En el primer episodio de la serie, cuando Jane considera sus opciones en cuanto a su embarazo, Alba le confiesa que le había aconsejado a Xiomara hacerse un aborto cuando quedó embarazada con Jane a los 16 años. Alba le dice a Jane: “Cargo con esa vergüenza en mi corazón cada día, porque ahora tú eres la parte más importante de mi vida”. Cuando Xiomara opta por tener un aborto en la tercera temporada, en lugar de la solemnidad que acompañó a la decisión de Jane, hay una historia ligera que se enfoca en evitar el juicio feroz de Alba. Alba y Xiomara tienen una riña, pero al final se reconcilian. Las acciones de Xiomara no conllevan ninguna carga moral. En otros tipos de trama, el embarazo sirve para desarrollar los personajes, pero aquí sólo aparece como una fábula sobre la “elección” que acaba siendo una representación, muy fuera de lugar, del progresismo.

A pesar de la necesidad de los escritores de forzar un argumento pro-elección, el resto de la serie es espléndidamente pro-vida. Jane es una controladora que responde generosamente a las circunstancias que están fuera de su control y éstas la bendicen a cambio. En esta serie, los niños inesperados son un regalo. Xiomara, cuando era adolescente, da a luz a Jane, quien será su mejor amiga. El propio padre de Jane, quien no se enteró de su existencia hasta que ya era adulta, es profundamente transformado cuando aprende a priorizar a otro ser humano. Finalmente, el hijo de Jane, Mateo, se halla en el centro de la serie y le inspira responsabilidad a su padre, flexibilidad a su madre y generosidad a su padrastro.

Los personajes no sólo son pro-vidas en el momento de nacimiento, sino que están profundamente comprometidos con la familia. La intensa alegría –compartida por Alba, Xiomara y Jane cuando Mateo sonríe por primera vez– es emblemática. Tras un episodio entero anticipando este hito particular, el desenlace trae consigo risas y llantos al deleitarse en las trivialidades de la crianza. La serie dedica tanta energía narrativa a los hitos de Mateo –de sus primeras palabras a sus visitas por los jardines de infancia– como a las narcoconspiraciones complicadas. Esto, por cierto, es una virtud del género. En el fondo, las telenovelas son dramas domésticos que favorecen la intimidad emocional más que la construcción global de la trama.

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Brett Dier como Michael y Gina Rodriguez como Jane (Photo: Scott Everett White/The CW)

Aunque la actitud pro-vida y pro-familia de la serie nunca esté vinculada explícitamente al catolicismo de los personajes, la fe de ellos es una parte integral y activa de sus vidas. Muchas veces, los apogeos emocionales de la serie giran en torno a los sacramentos católicos. Al bautismo de Mateo le faltó la autenticidad litúrgica, pero la alegría de los personajes al recibir un nuevo miembro en la comunidad de la iglesia era eufórica. Mientras tanto, la boda de Jane con su amor de siempre, Michael, no fue sólo un evento muy sentimental que supuso votos bilingües, Bruno Mars y un vestido de novia espectacular (¡y modesto!), sino además permitió a las audiencias escuchar la frase “sacramento del matrimonio” sin ironía en la televisión nacional. Han crecido mucho desde su experiencia incómoda con pre-Caná en la primera temporada, y después tienen un matrimonio próspero, de apoyo mutuo.

El resto del tiempo, la serie está impregnada de referencias culturales católicas que muchas veces son sardónicas pero nunca irrespetuosas. En el “Capítulo 38,” una inundación en la casa da paso a una serie de chistes bíblicos, igualmente cursis y sutiles, como en el momento en que Alba pide “dos de todo” durante el desayuno después del “diluvio.” Claro que hay chistes basados en estereotipos gastados de los católicos –como las monjas severas que emplean a Jane como una maestra– pero éstos toma normalmente un giro inesperado. En este caso, la directora cizañosa, la hermana Margaret, había empleado a Jane para aprovecharse de su maternidad virginal y atraer a los peregrinos, con su dinero, a la escuela. Bromas como estas trabajan porque no ocurren en un vacío ausente representación positiva de católicos. Se hacen en el mismo tono listo y juguetón que la serie usa para burlarse de las telenovelas: la autoparodia de un iniciado, no el desdén de un ajeno.

Cuando la serie decide por fin abordar la fe católica de Jane, y no sólo su formación cultural, el resultado es conmovedor. En el “Capítulo 51”, (o según la secuencia titular del episodio “Jane la virgen la católica culpable”), Jane discute con el padre de Mateo, Rafael, sobre la cuestión de llevar su hijo a la misa. Como siempre, Alba sirve como la conciencia activa de Jane. Al comienzo del episodio, Alba le pregunta a Jane si asistirá a la misa con ella. “Es sólo que hace tiempo que no vienes a la iglesia”, dice inocentemente. “Sólo tienes que decidir si quieres que Mateo tenga a Dios en su vida y, si no es así, entonces, pues, tendrá que lidiar con las consecuencias…”

"Jane the Virgin" no pretende ser "la serie católica," ni tampoco "la serie latina." 

Jane pierde los nervios. Le implora a Rafael y a su marido (quien se identifica como un católico de “Navidad y Pascua”) que la apoyen en traer a su hijo a misa. Durante una discusión intensa con Rafael, su religiosidad revitalizada suscita las tendencias sentenciosas que ella había ido aprendiendo a moderar. “Quizás si asistieras a la iglesia, supieras la diferencia entre lo bueno y lo malo,” grita ella.

Los guionistas pudieron haber perpetuado fácilmente la trama de la culpa católica, pero escogieron trascender el estereotipo y sonsacar unas emociones más complejas. Mientras investigaban una operación de tráfico de obras de arte (ni preguntes), Jane se encuentra en un convento hablando con una de las monjas en lo que cree que es una distracción para que Rafael pueda inspeccionar la oficina de la priora. En cambio, durante la conversación con la monja, Jane se da cuenta de lo que está detrás de su ansiedad en cuanto a la asistencia de su hijo a la misa.

No es que Alba la haya hecho sentir mal, sino la propia inseguridad de Jane en relación con la distancia creciente entre Dios y ella misma. En una de las actuaciones más impresionantes de Gina Rodriguez, Jane finalmente se permite a sí misma llorar, mientras confiesa su ira con Dios y cómo un incidente que casi llevó su marido a la muerte había desafiado su fe. Ella se percata que no puede esperar criar a Mateo en la fe si no está preparada a ser un ejemplo para él, y que para hacer eso tiene que arreglar su propia relación con Dios. Esta escena fue memorable no sólo por su poder emocional, sino por su representación de una profundidad espiritual que va más allá de un apego cultural hacia el catolicismo.

Las virtudes relativas de “Jane the Virgin” se vuelven más evidentes cuando se colocan al lado de un tratamiento menos astuto del catolicismo cultural, como el personaje de Danny Castellano en “The Mindy Project.” Danny es un católico italiano de Staten Island que no deja de hablar de esto. La serie presenta su fe como una mezcla extraña de adorable (él le enseñó el Padrenuestro a Mindy para que ella pudiera rezarlo con el hijo de ellos), juguetón (“su contraseña es o ‘EseChicoDeStaten’ o ‘VaticanoISiempre’”) e insincera hasta el punto de caricatura (él engaña a su novia dos veces en un sólo episódio y “ya que técnicamente fue el mismo día, es realmente sólo un pecado y no dos”).

“The Mindy Project” deliberadamente evita un tratamiento serio de la religión de Danny de cualquiera manera significativa. Dado que tanto él y Mindy trabajan como ginecólogos en Manhattan, la ausencia total de la cuestión del aborto es poco convincente. La reacción alegre de Danny a su propio hijo inesperado sugiere una actitud pro-vida, pero ésta se destroza cuando él desplaza todas las expectativas del cuidado infantil y los sacrificios que le esperan hacia Mindy. Al fin y al cabo, él es una caricatura: el católico nominal, incapaz de cualquier tipo de compromiso moral, tanto a un hijo como a una pareja romántica.

Danny no funciona como personaje, en contraste con Jane, porque su personalidad es “ser católico” Jane simplemente es católica. Se puede decir esto de su etnicidad también: su personalidad no es “ser latina,” simplemente es latina.

“Jane the Virgin” no pretende ser “la serie católica,” ni tampoco “la serie latina,” pero en ambos casos, la serie experimenta la gran presión de representar estas identidades, lograr éxito comercial y preparar el camino para otras historias semejantes en el futuro. Como resultado de esta presión, la serie está sometida a estándares demasiados altos. “Jane the Virgin” no puede representar todas las historias católicas ni latinas, no importa cuán hábil sean los guionistas. Sería mejor decir que el enfocarse en una familia que trata de crecer en amor es precisamente lo que le da valor a la serie –no sólo a los telespectadores católicos sino a todos.

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