¿Cómo podrían las mujeres diáconos enriquecer la Iglesia?

“Les recomiendo a Febe, diaconisa de la iglesia de Cencrea”, escribió san Pablo en la Carta a los Romanos (16,1). ¿Qué quiso decir Pablo cuando se refería a Febe como diaconisa? ¿Qué tipo de diakonos era? ¿Cómo servía a la Iglesia? ¿Fue realmente ordenada como diaconisa? Y si fuera así, ¿cómo interpretar esta ordenación? Estas preguntas quizá hubieran parecido impensables hace tiempo, pero hoy han cobrado una urgente actualidad a raíz de la reciente decisión del Papa Francisco de crear una comisión para estudiar las bases históricas del diaconado femenino.

Es importante aclarar que no estamos hablando de la ordenación de mujeres para el sacerdocio. En “Ordinatio Sacerdotalis”, la carta apostólica promulgada en 1994 por san Juan Pablo II a la que el Papa Francisco alude en varias ocasiones, el pontífice declaró “definitivamente” que solo los varones pueden recibir la ordenación sacerdotal. Aunque san Juan Pablo II no dice nada definitivo respecto a la cuestión, muy distinta, del diaconado femenino, la carta apostólica avanza la consideración de que el debate sobre el diaconado femenino pudiera conducir inevitablemente a plantear también la ordenación sacerdotal de mujeres, lo que es causa de preocupación en algunos círculos. Nos alegra mucho la decisión del Papa Francisco de reabrir este tema, que trasluce bien su confianza en que el Espíritu Santo sabrá guiar el discernimiento del pueblo de Dios.

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No es la primera vez en la historia reciente que el Vaticano analiza el papel de los diáconos. La Comisión Teológica Internacional realizó ya un estudio en 2002 sobre el diaconado que incluía algunas referencias expresas al diaconado femenino. Aquel documento sostenía, por ejemplo, que en el caso de Febe, la expresión griega diakonos tenía un significado muy amplio: “el que sirve”. La comisión señaló también que “las diaconisas que se mencionan en la tradición de la Iglesia primitiva—tal como se evidencia en el rito de las instituciones y en las funciones que ejercían—no eran un equivalente simplista de los diáconos varones”.

La comisión concluyó igualmente que “había una clara diferencia entre el ministerio de los obispos y sacerdotes por un lado y el de los diáconos por otro”. Dicho de otro modo, aunque las tres son órdenes sagradas, las diferencias esenciales entre ellas podrían permitir la existencia de diaconisas. Como indicó el obsipo Emil Wcela (véase America, 10/1/12), “la comisión dejó abierta la posibilidad de la ordenación de mujeres para el diaconado”.

La cuestión dio un nuevo giro en mayo, cuando una religiosa preguntó al Papa Francisco por el diaconado femenino durante un encuentro con responsables de órdenes religiosas femeninas de todo el mundo. En su respuesta el Papa prometió poner en marcha una comisión cuyos miembros fueron ya nombrados en julio. Entre ellos está la experta Phyllis Zagano, autora de Holy Saturday: An Argument for the Restoration of the Female Diaconate in the Catholic Church.

El libro de la profesora Zagano analiza las evidencias históricas de mujeres diaconisas, muchas de las cuales pueden resultar sorprendentes para muchos católicos. Como ella misma escribió en America en 2003 (véase la sección Vantage Point en la página 30 de ese número): “Aunque el trabajo de las diaconisas—fuertemente enraizado en el mundo, la liturgia y la caridad—fue diferente en cada zona, la existencia de mujeres diaconisas es un hecho innegable”. Y no ha sido ella la única reputada experta en analizar los antecedentes históricos. Kevin Madigan y Carolyn Osiek, R.S.C.J., en su libro Ordained Women in the Early Church: A Documentary History, resumen el ministerio que las diaconisas practicaban en las iglesias orientales: “ejercían papeles litúrgicos, orientaban la vida de fe de las mujeres creyentes, proporcionaban atención constante a las catecúmenas, se las veía yendo de peregrinación y relacionándose de muy diversas maneras con la población y con sus propias familias”.

Hay otros expertos que discrepan y sostienen que la palabra diakonos, cuando se aplica a las mujeres en tiempos del Nuevo Testamento y de los comienzos de la Iglesia, se refería solo al servicio genérico que podían prestar, de acuerdo con la costumbre de la época. Y afirman, además, que las ceremonias de “ordenación” femenina en la primitiva Iglesia no son equiparables a lo que hoy entendemos como ordenación.

Aunque resulte indispensable referirnos a los antecedentes históricos, estos ni son completamente vinculantes ni pueden condicionar la aplicación final. El discernimiento de la Iglesia en materia del diaconado femenino debe guiarse por las conclusiones de la Comisión Teológica Internacional que aúna “un amplio conocimiento tanto de los aspectos históricos como de los teológicos, así como de la vida cotidiana de la Iglesia”. Y hay que tener presente también esta idea de la Comisión: “El Concilio [Vaticano II] no afirma en ningún momento que la forma de diaconado permanente que se propone sea una restauración de la que ya existió en otros tiempos… No era esa la intención. Lo que restablece es el principio del ejercicio permanente del diaconado y no una forma concreta que pudo haber tenido en el pasado”.

Esto suscita una cuestión: en caso de que la Iglesia, en su discernimiento a la luz de esa reflexión sobre las circunstancias históricas y teológicas y sobre la vida eclesial cotidiana, optara por abrir el diaconado permanente a la mujer ¿deberíamos dar ese paso? Sí, sí deberíamos. ¿Pero qué supondría eso hoy para la Iglesia?

Para empezar, teniendo en cuenta la multitud de formas en que las mujeres sirven ya a la Iglesia, y tal como el obispo Wcela ha escrito, “ordenar como diáconos a mujeres que tengan las cualidades personales, espirituales, intelectuales y pastorales requeridas, le otorgaría un mayor grado de reconocimiento oficial al indispensable papel que ya desempeñan, tanto en lo que se refiere a su ministerio como en cuanto a su conexión directa con el obispo de la diócesis para asumir tareas y atribuciones”. La Iglesia se vería enriquecida con el liderazgo de las mujeres en la vida sacramental. Al igual que sus compañeros varones, las diaconisas podrían presidir algunos de los sacramentos, predicar en bautismos, bodas y funerales, ofreciendo a la Iglesia el poderoso testimonio de la mujer liderando la comunidad en algunos de los momentos más importantes de la vida. Ya solo eso—la incorporación de la voz de la mitad de la Iglesia a la liturgia sacramental—sería una enorme fuente de energía y de creatividad apostólica. Aunque el Papa Francisco ha dicho que las mujeres ordenadas como diáconos no tendrían permitido predicar en misa, habrá que aportar razones de peso para que esto sea así. Parece razonable que, si finalmente existen mujeres diáconos, se les permita realizar todas las funciones que realizan sus homólogos varones.

También es importante tener en cuenta el papel que las diaconisas podrían representar como modelos para la juventud en general, especialmente para las jóvenes. Sabiendo que hay quien tacha a la Iglesia de ser una institución “patriarcal”, imaginemos lo que significaría ver a una mujer presidiendo en la liturgia. Muchas mujeres se sentirían particularmente mejor acogidas en una comunidad en la que la mujer pueda asumir ese liderazgo sacramental.

Por supuesto, la ordenación no es el único camino para ejercer el liderazgo, ni siquiera el más significativo. Pero en la Iglesia de a pie, que es en la que vivimos, la ordenación es una puerta importante de acceso al liderazgo. Así, el debate sobre el diaconado femenino nos proporciona la oportunidad de reflexionar sobre la naturaleza del gobierno eclesial. Aunque algunos sugieren que la ordenación de mujeres como diáconos podría conducir a su “clericalización”, el verdadero reto de hoy no es ese, sino más bien la necesidad de desclericalizar el poder y la autoridad de la Iglesia. Hay todavía demasiadas instituciones en la Iglesia que exigen ser clérigo para liderarlas, con escasa o nula justificación teológica para ello. El debate sobre el diaconado femenino no debe acallar otro mucho más necesario sobre la importancia de promover a los laicos y laicas para que asuman funciones de liderazgo en puestos de autoridad relevante, como responsables de diócesis, de dicasterios vaticanos o presidentes de institutos pontificios, por ejemplo.

¿Qué supondría para las iglesias locales la ordenación de mujeres diáconos? Por una parte, el Papa Francisco reconoce que no todas las diócesis ni todas las parroquias tienen la misma necesidad de abrirse al ministerio del diaconado en general o al de las mujeres en particular. Tal como la Comisión Teológica Internacional establece en su informe “la verdadera intención [de los padres del Concilio Vaticano II] fue abrir un camino de restauración al diaconado permanente, que podría concretarse en la práctica de muchísimas formas”. Ahora son las iglesias locales las que tendrán que decidir si ordenan mujeres diáconos. A la Santa Sede le toca determinar que la práctica sea lícita, pero no obligatoria. Debido a la gran variedad de situaciones sociales, eclesiales y políticas en el mundo, habrá que discernir en cada caso cuándo y cómo las diaconisas podrán incorporarse a la vida de las iglesias locales, respetando siempre la autonomía de cada una de ellas bajo la responsabilidad de su obispo (de acuerdo con esa llamada a una mayor subsidiariedad en la que el Papa Francisco insiste repetidamente en “La Alegría del Amor”).

Independientemente de la costumbre o de la decisión de cada iglesia local, estamos seguros de que la Iglesia toda se enriquecerá enormemente ampliando el papel de la mujer en cada uno de los niveles de servicio y de gobierno. En 1967, hace casi 50 años, el Concilio Vaticano II restableció el diaconado permanente. Durante varios siglos hasta entonces, la única vía para el diaconado era la de tipo “transicional”, es decir, solo para varones orientados al sacerdocio. A comienzos de los años 70, muchos católicos se sorprendieron al ver a hombres casados proclamando la palabra de Dios y predicando en las misas. Ha pasado medio siglo y este proceso no ha concluido; la Iglesia está todavía comenzando a entender cuál sería el mejor modo de poner este ministerio al servicio de la comunidad. A pesar de que la restauración del diaconado permanente no ha estado exenta de desafíos, ha sido una bendición para la Iglesia. La incorporación de la mujer a sus filas puede serlo también. Con este pensamiento, esperamos los resultados de la comisión pontificia sobre el diaconado femenino y rezamos por sus miembros ahora que inician esta tarea tan importante.

En la Carta a los Romanos, san Pablo pide a la comunidad que “reciban” a Febe “ayudándola en todo lo que necesite de ustedes”. Incluso una vez que la comisión emita su informe final, probablemente los expertos iniciarán el debate sobre qué tipo de diakonos era Febe. Lo que está claro desde luego es que muchas mujeres reúnen los requisitos personales, espirituales, intelectuales y pastorales para servir en este ministerio, para seguir la llamada genuina a una vocación como la de Febe. Las preguntas siguen en el aire: ¿tendrá la Iglesia la libertad de admitir a las mujeres a este ministerio? Y, si es así, ¿cómo debería hacerlo? Una parte de esta pregunta se ha puesto en manos de la comisión, pero el reto mayor y la mayor oportunidad nos corresponden a todos nosotros.

Traducción: Juan V. Fernández de la Gala

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