Quo Vadis?: Bocetos para la Iglesia que viene

Al sureste de Roma se alza la pequeña iglesia de Santa María in Palmis, más conocida como la iglesia del Domine Quo Vadis. El nombre lo toma de una vieja leyenda que narra el encuentro de san Pedro con Cristo cuando el apóstol trataba de huir de la persecución en Roma. “Señor, ¿adónde vas?,”le preguntó Pedro. “A Roma, a que me crucifiquen otra vez,”contestó el Señor. Cualquiera que sea el verdadero origen del nombre, se repite algo que se ha hecho ya habitual en los encuentros de Pedro con Cristo: la cosa acaba siempre justo al revés de como Pedro lo había planeado. Pero esto es sólo una leyenda.

Ahora que la Iglesia se prepara para la Pascua y para la elección del nuevo sucesor de Pedro, aquella vieja pregunta sigue siendo tremendamente actual, no sólo para el papa, sino también para todos nosotros. No es fácil tener una idea clara en estos tiempos de hacia dónde va la Iglesia, pero sí está claro que, con su renuncia, el papa Benedicto ha separado claramente a la persona de la función. Y, aunque sólo sea por unos días, se ha creado un espacio de reflexión, una oportunidad para escuchar otra vez a Cristo haciéndonos a todos esa misma pregunta: Quo vadis? Deberíamos poder llegar más lejos y ser capaces de preguntarnos no sólo adónde vamos sino también adónde queremos ir.

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Con su gesto de renuncia, el papa Benedicto nos recuerda que la verdadera cabeza de la Iglesia es Cristo. Y esto no sólo supone una formulación piadosa, sino también un profundo acto de fe. En tiempos difíciles, puede que la Iglesia se deje arrastrar por la angustia de si triunfará o si sobrevivirá. Si lo hace así, no se diferenciaría de cualquier otra institución mundana, pasaría por alto su propio origen y misterio, el milagro cotidiano que suponen su vida y sus sacramentos, su condición de “reino de Cristo actualmente presente en misterio” (LG 1,3). Del mismo modo que el papa se retiró estos días de Cuaresma en oración, reflexión y silencio, la Iglesia en pleno debería seguir su ejemplo y tomarse tiempo para dejar que el Espíritu nos disponga el ánimo para elegir y recibir a su sucesor. Y también podría ser un tiempo idóneo para asumir y entender eso que podríamos llamar la “desolación eclesial.”

Estar en desolación

No fue san Ignacio de Loyola el primero en contraponer los términos “desolación” y “consolación,”pero nos enseñó a concebirlos como una escuela en la que Dios nos instruye. Una de las grandes intuiciones de sus Ejercicios Espirituales es que no hay que huir de la desolación, sino prestarle la atención debida. Dios nos moldea incluso en nuestros momentos más secos, dolorosos y oscuros, enfrentándonos a nuestros miedos, a nuestras resistencias y a nuestras propias servidumbres, a veces de modo muy sutil. Independientemente de cuánto sea nuestro amor por la Iglesia, sería difícil no darse cuenta de que hemos estado viviendo tiempos de desolación, al menos desde nuestra perspectiva europea o norteamericana. Eso no impide que el testimonio impresionante de bondad, de compromiso y de valentía que han dado muchos “católicos de a pie” haya sido un signo inequívoco de la fidelidad del Espíritu. Me gustaría señalar tres desolaciones especialmente presentes hoy en la Iglesia occidental: la autoridad de la jerarquía, el escándalo de los abusos y cierta sensación de luto. Las tres están muy relacionadas entre sí.

La autoridad de la jerarquía.

Aunque la disminución del número de fieles puede estar relacionada con la progresiva secularización de nuestra cultura, podría también ser un síntoma de desolación, de desencanto con las estructuras institucionales. Un desencanto sutil, porque los católicos entienden y respetan la naturaleza jerárquica de su Iglesia. Ese desencanto tiene que ver menos con las estructuras en sí que con la secularización que ellas mismas han sufrido. De modo creciente, muchos obispos y sacerdotes se han comportado como gobernantes déspotas, condenando y castigando a diestro y siniestro o desplegando plumajes litúrgicos pasados de moda en lugar de manifestar la sacramentalidad que late dentro de una apariencia.

Tal como nos ha enseñado el Concilio Vaticano II y los pontificados posteriores al mismo, la Iglesia no es una corporación, sino una communio del Espíritu; su disciplina, pues, no puede venir de la coacción, del miedo, de la amenaza o de la persecución, sino del amor de Cristo, de su misión, de su pueblo y de su verdad. Este amor significa que la autoridad debe estar siempre caracterizada por el respeto hacia los demás, hacia sus carismas y, desde luego, el respeto a su dignidad, presumiendo siempre su buena fe en lugar de dudar de ella. Sólo una autoridad así entendida puede ser una fuente de gracia para la comunidad y sólo así acertará a conciliar el servicio a la totalidad del Cuerpo de Cristo con la “lucha contra el maligno.”

El escándalo de los abusos.

Debemos asumir la profunda desolación y la herida en el corazón de la Iglesia que ha producido no sólo la crisis de los abusos, sino especialmente el modo en que ha sido gestionada. Tenemos que reconocer que no han sido “los enemigos de la Iglesia,” quienes han expuesto esta herida, sino el Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad; ese mismo Espíritu que nos proporciona ahora la gracia de responder con honestidad.

Es claro que los abusos deben ser sometidos a un estricto proceso jurídico, pero esto no basta. La excusa de culpar a otros o achacarlo a “la relajada cultura secular” no es sólo eludir peligrosamente la responsabilidad, es un pecado cometido contra las víctimas y contra el Espíritu, que es su abogado. Por muy personalizables que sean, los abusos evidencian un fallo institucional que la propia cultura eclesial ha propiciado. Y sólo un profundo y humilde arrepentimiento, que empiece por desear una permanente metanoia del alma y la cultura de la Iglesia, puede ser su cura y su renovatio.

La Iglesia debe reconocerse a sí misma como el cuerpo de Cristo, no como una multinacional. En este sentido, necesita creer en sí misma, necesita deplegar todos sus recursos espirituales, sacramentales y creativos y necesita una conversión profunda. Sólo así podrá dar un testimonio creíble ante el mundo, un mundo que pide desesperadamente otros caminos.

Cierta sensación de luto.

Vivimos en una Iglesia que parece estar de luto, que tiene la impresión de que se le ha muerto algo. No se trata sólo, como se ha dicho, de su sentido de misterio y trascendencia, que, desde luego, necesitaremos recuperar urgentemente también, sino de algo de esa intimidad sacramental, de la reconfortante cercanía encarnada del catolicismo que conecta el cielo con la tierra. Para algunos la sensación de luto vendría por la pérdida de las certezas y las glorias del pasado, para otros es un luto por ese futuro que vislumbró un día el Concilio Vaticano II y que quedó incompleto, por tantas oportunidades perdidas, como semillas que nunca llegarán a florecer. Para las generaciones más recientes podría ser el luto por algo que nunca tuvieron y que echan de menos no haber tenido.

Este duelo puede ser causa de rabia hacia quienes creemos que nos han privado de alguna cosa. De hecho, se puede percibir algo de esta extraña rabia que caracteriza a la Iglesia occidental de estos tiempos. Lo percibimos en el debate interno entre las diferentes tendencias eclesiales que dicen tener la solución a nuestros problemas, pero, sobre todo, la rabia se dirige contra la cultura secular, como si el mundo secular hubiese robado o traicionado la misión de la Iglesia. Es esa rabia la que nos impide ver lo bueno que hay en los otros, los grandes y nobles valores que hay en nuestra propia cultura; nos impide escuchar sus más profundos anhelos, discernir sus miedos y su angustia más íntima y reconocernos a nosotros mismos como seres en búsqueda. Sólo nuestra indignación ante el desprecio a la vida humana, ante la explotación del pobre, ante la destrucción del planeta y ante tanto sufrimiento olvidado puede conducirnos al Evangelio.

Un momento decisivo en la conversión de san Agustín fue su meditación sobre las palabras del ángel ante el sepulcro vacío: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?” Una Iglesia que nació desde y por la resurrección de Cristo no requiere lutos; lo que necesita es seguir al Señor resucitado con una fe serena, alegre e inquebrantable por los inciertos caminos de la historia. Y llevar consigo la proclamación que hacemos en la vigilia pascual: “a Él pertenece el tiempo y la eternidad.” Da igual lo adverso que nos pueda parecer ese tiempo, la Iglesia no puede retroceder, no puede perder su mirada pascual, esa que le permite ver cómo en todas partes, incluso en el desierto, puede rebosar la gracia.

Hacia una nueva sensibilidad

Si nos detuviésemos un momento a pensar, veríamos que ese supuesto duelo o luto que nos muestran cada día los medios de comunicación (y también algunas voces desde dentro) tiene que ver más con sus propias patologías que con la realidad de nuestra Iglesia. En la Iglesia hay vida, que nos llega tanto por caminos nuevos como por los ya conocidos. Está naciendo una nueva sensibilidad ética y espiritual que nos invita tanto a recurrir al manantial profundo de la devoción tradicional como a explorar nuevos caminos. Mucha gente, jóvenes y viejos, gente de Iglesia y no tan de Iglesia, manifiestan el vivo deseo de una vida sacramental y de una nueva visión, una visión católica que les cure de las profundas alienaciones que afectan a la postmodernidad, una visión que dé sentido a lo que somos y a nuestro deseo y nuestra responsabilidad de acoger el mundo que Dios nos ha dado. Son personas que todavía se sienten a gusto en la Iglesia y que confían que ella sea capaz de redescubir su libertad y su capacidad de transformar el mundo, un mundo secular que también está esperando una Iglesia en la que merezca la pena creer, incluso si no se decide a dar ese paso.

Cuando nos liberemos de nuestro eurocentrismo (o américo-centrismo) y de nuestros miedos y desolaciones, podremos empezar a ver que el Espíritu prepara ya nuestro futuro. Pero ¿por dónde empezar? Una vez más, la pregunta “Domine quo vadis?” podría ser un buen punto de partida, precisamente ahora que Cristo está camino de Roma.

La sede de Pedro.

El papado es un magnífico regalo de Dios a la Iglesia, pero debe seguir evolucionando para llevar a cabo plenamente su servicio. Ha estado demasiado empantanado en una eclesiología reaccionaria y en el ejercicio monárquico de un poder demasiado parecido al mundano. Es bueno que el papado exhiba lo mejor de su efectividad y su profetismo, pero tiene que ser atemperado por la realidad de la Iglesia. Todos los papas, desde el Concilio Vaticano II, han sido conscientes de la necesidad de ir desarrollando una teología del papado. Tanto Pablo VI como Benedicto XVI nos han ayudado mucho a desembarazar su mística. Y hasta Juan Pablo II, que desplegó un poder extraordinario, teñido a veces de profetismo, no tuvo inconveniente en propiciar una reflexión al respecto.

Este camino debe proseguir y conducirnos a una reforma de la Curia romana, no tanto en términos de estructuras como en términos de un cierto ethos: de cambiar la idea del gobierno por la del servicio. El principio de subsidiaridad es clave no sólo en el entramado de las estructuras seculares; también debe serlo en las eclesiales. Como apuntaba Pío XII, sin menoscabo de la naturaleza jerárquica de la Iglesia, el principio es aplicable también a su vida. De hecho, estuvo ya presente desde los comienzos del cristianismo, como nos cuenta san Pablo. El papel de Pedro debe sustentarse en una profunda y constante teología de la colegialidad que se traduzca en una práctica efectiva y encuentre un claro soporte jurídico en el Derecho Canónico. Sobre este asunto, el Concilio puso los cimientos, pero el edificio aún está por hacer.

Colegialidad.

La colegialidad necesita que se le proporcionen mecanismos eficaces en el seno de la Iglesia local. Sólo de este modo podrían desarrollarse plenamente las virtudes de una Iglesia jerárquica y su capacidad de liderazgo. Juan Pablo II hablaba de la “espiritualidad de la communio” y de la constante renovación y conversión que requiere el ejercicio de un poder que desee ser carisma de servicio. O la colegialidad funciona, o el ejercicio de la autoridad en la Iglesia tendría que ser recortado.

Junto al desarrollo de la colegialidad, habría que prestar atención a los dones y carismas de aquellos que van a ser nombrados obispos. Necesariamente tienen que ser personas capaces de ofrecer un liderazgo creativo y significativo y eso supone que el candidato sepa poner en juego todos los dones del pueblo de Dios. Los obispos tendrán que ser personas capaces de conducir a la comunidad hacia su principal misión, que es ser testigos del Evangelio y no perderse en polémicas y divisiones estériles sobre cosas que no son esenciales o cuyo valor simbólico se ha exagerado.

Tanto a nivel internacional, como nacional y local, la Iglesia necesita descubrir cada vez más cómo fortalecer y alimentar su propia vida interior y cómo salir al encuentro de las inquietudes de la cultura secular. Eso supone una mayor transparencia y compromiso en el ethos y en las leyes de la Iglesia. Sobre todo, los obispos deberían dejar de ser gestores ejecutivos y convertirse en buenos pastores. A fin de cuentas, el don de administrar ya existe en la propia comunidad—especialmente entre los laicos—y los obispos no deben ser reacios a aprovechar estos dones como parte de su propio ministerio. Un obispo tendría que ser alguien capaz de tener un conocimiento empático de sus sacerdotes y del pueblo, de sus dificultades y las circunstancias de su vida, capaz de alumbrarlos con la luz de Cristo y de alentarlos con el consuelo, siempre creativo, del Espíritu Santo. Sin duda, tendría que ser capaz de mostrar afecto sincero por todos los de su diócesis y estar preparado no sólo para llamarlos a la verdad de Cristo, sino para defenderlos frente a cualquier circunstancia que los acucie o los oprima. Además, en nuestro mundo de hoy, un obispo tiene que ser alguien capaz de hablar a la gente de Dios y de las cosas de Dios de un modo sencillo y cercano.

Teología.

Quizá ya va siendo hora de que dejemos atrás la estéril y falsa polémica de si el Concilio Vaticano II debería interpretarse desde hermenéuticas de continuidad o de discontinuidad. Es momento ahora de redescubrir el Concilio, cuyos tesoros casi no hemos empezado ni a desvelar siquiera. Tanto el problema de su interpretación como de su puesta en marcha ha sido debido a que la teología después del Concilio Vaticano II no supo estar a la altura de aquellas intuiciones conciliares. A menudo el Concilio vislumbraba una verdad, pero le faltaba base teológica suficiente como para desarrollarla y anticipar sus consecuencias. Desde los tiempos del Concilio hasta ahora, da la impresión de que la vitalidad y la creatividad teológicas hubieran decaído. Habría que recuperarlas y, del mismo modo, habría que rescatar la función eclesial de la teología.

A la sombra de los despachos académicos, la teología ha perdido a veces su papel de servicio, que no se limita a la universidad, sino también a la Iglesia y a su misión. En este sentido, está bien que la teología reclame su propia libertad y legitimidad en el mundo académico, pero sin limitar su terreno a la racionalidad secular. Porque la teología se vaciaría de contenido si deja de ser un servicio al misterio de Cristo y de su Iglesia.

En el seno de la Iglesia, hay que buscar un nuevo equilibrio entre los carismas de la Teología y del Magisterio (ya sea el local o el petrino). La nueva teología del sensus fidelium no puede consistir sólo en tragarse pasivamente las verdades cristianas, sino que debe ser una sabiduría activa que cristalice en una adecuada praxis de la vida y el testimonio cristianos. De no ser así, la Iglesia no dispondrá nunca de una teología del laicado suficientemente madura ni podrá desarrollar eficazmente su magisterio. Si la Iglesia no es capaz de confiar en la Teología, en su misión y en sus riesgos, fracasará rotundamente en su tarea evangélica, dejará de tener influencia en las culturas en las que vive y aparecerá ante ellas como una propuesta desarticulada e incomprensible; le faltaría el sentido suficiente para conducir las complejas cuestiones de nuestro tiempos con intuición, razón, humanidad, comprensión y verdad.

Vislumbres de una Iglesia emergente

Quizá estas parezcan sólo cuestiones de tipo interno, pero sin ellas siempre quedarían frustrados los dones que Cristo y el Espíritu Santo derraman sobre toda la comunidad. En el Concilio Vaticano II se propone un modelo de Iglesia abierta y atenta a los diversos modos en que el Espíritu mueve las inquietudes humanas, en cualquiera de sus vertientes políticas, culturales o religiosas. En el corazón del Concilio está precisamente este modelo de Iglesia, viva y mucho más sencilla, que vive el misterio de la Trinidad. El milagro de su vida sacramental la renueva y la convierte, más que en una institución al uso, en una mística cercana de presencias, personas y communio. Se rata de una Iglesia en la que la communio sabe encontrar su expresión diaria, pero no al margen del sufrimiento, la violencia y la injusticia del mundo, sino en una profunda y amorosa solidaridad con él; una communio de amor que quiere, ante todo, ponerse al servicio de los pobres, los débiles, los olvidados y los abandonados.

En este punto, el centralismo euroamericano de la Iglesia tendrá que dejar paso a la Iglesia emergente de los países en vías de desarrollo, al que pertenecerán la mayoría de los fieles al terminar el próximo pontificado. Y habrá que dar voz a sus preocupaciones, aunque estén muchas veces lejos de nuestra secularizada cultura occidental. Se levantarán voces contra la explotación y en defensa de los derechos sociales y económicos, especialmente los derechos elementales a la vida humana y los derechos de las mujeres y de los niños. Ha llegado un tiempo en que la Iglesia tendrá que reconocer su voz profética hablando en nombre del mundo en desarrollo, hablando de una visión ecológica de la justicia, del cuidado de los recursos naturales, unos recursos que todos los miembros del género humano deben poder disfrutar de ahora en adelante como dones preciosos de Dios. Será una Iglesia que no se asustará del mundo, ni tendrá miedo tampoco de aparecer pobre ante él, porque sabe que no necesitará revestirse de poder mundano para cumplir su tarea. Estará preparada para consumirse ella misma en el servicio—reconocido o no—y no andará ya preocupada de sí misma ni de su propia supervivencia, porque su vista estará puesta en las necesidades y en el futuro de la humanidad.

Es una Iglesia que desea seguir a Cristo encarnado y resucitado hasta las profundidades de la historia y hasta los lugares más áridos del corazón humano. Y lo hará siempre con amor, porque viviendo desde la verdad de Cristo, entenderá y acogerá ese don supremo que es la vida humana, la vida de todos los hombres y mujeres, cualquiera que sea su raza, su religión, su nacionalidad o su estatus. Una Iglesia que, al fin, “vio que el mundo era bueno” y se regocijará con él en todas las cosas, humanas o divinas, que alientan la vida—toda vida—y la hacen florecer. Cuando la Iglesia sea capaz de vivir esto, estará viviendo su propia vida sacramental del modo más profundo y podrá ofrecerla, gratis y sin contraprestaciones ni contratos, a un mundo secular que tiene el alma hambrienta. Sólo una Iglesia así podría enseñar con autoridad los preceptos y las recomendaciones evangélicas: cómo compartir los recursos de la creación, cómo vivir una vida en solidaridad con todos los hombres y mujeres de un modo más pobre en lo material y más rico en lo espiritual, cómo ser capaces de respetar y reverenciar nuestro cuerpo y el de los otros seres y rechazar todo aquello que nos instrumentalice o nos embrutezca.

El Concilio supo entender muy bien que sólo una Iglesia que sea capaz de experimentar una kenosis de amor y de vivir como un don el gozoso sacrificio de sí misma podría desarrollar este modelo. Para esa Iglesia, la secularización no sería una amenaza, sino una llamada. No es una Iglesia utópica ni una Iglesia que vive sin más la ensoñación irreal de una ética humanitaria. Cuando se sigue a Cristo crucificado, no es fácil pasar por alto que nuestra propia realidad está herida; pero la nueva Iglesia no tiene miedo de sufrir por y con el mundo, ni tiene miedo de convivir con todas esas realidades torturadas que conforman nuestros pecados, porque conoce de antemano la serena victoria de la esperanza, el amor y la gracia, que andan trabajando ya en la viña del Señor hasta que vuelva. Y, sobre todo, la Iglesia que el Concilio vislumbró era consciente de que, aunque el mundo rechazara abiertamente a Dios o lo ignorase sin más, Él está siempre presente.

Se necesita una Iglesia humilde, libre y algo mística para ser capaz de ver esto, para entrar incluso en las oscuridades donde hemos ido escondiendo o arrinconando a Dios. Y cuando la Iglesia se atreva a dar el siguiente paso, encontrará a Dios allí donde no esperaba encontrarlo, en el Sábado Santo del mundo secularizado, porque descubrirá que hay muchos que llevaban ya dentro su nombre y que hablaban ya con su voz. Muchos que habían estado esperándo a esa Iglesia durante demasiado tiempo y que, por fin, la habrán encontrado.

Ojalá que, mientras se elige al futuro papa, no tengamos miedo de amar a esta Iglesia del presente, tal como es, tal como le gustaría ser y tal como a Dios le gustaría que fuese. Y ojalá podamos llegar a vislumbrar la grandeza del corazón de esa Iglesia y de la misión a la que está llamada.

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